Merma

Por Maru Lozano

¿Intentando superar la idea de una pérdida? Existen varios tipos de ellas, desde las humanas hasta las materiales como la muerte de un ser querido, una separación, el divorcio,  un trabajo, la casa, etc.

 

Casi siempre, al perder, aparece la tristeza manifestándose con llanto en su mayoría de las veces.  Enseguida viene el enojo por la impotencia y frustración de no contar con el “poder” que reviva aquello que hemos perdido; siguiendo con la culpa y el auto-reproche que nos desgasta cuando pensamos en los “hubieras”.

A todo esto nos acompaña una terrible ansiedad que encierra sentimientos de inseguridad, pánico y desolación, dando paso así a la apatía e indiferencia. 

Se pierde el gusto por la vida,  nada sabe, nada llena, todo resulta gris.

Como no todo en la experiencia de vida es sentimiento, surge entonces la parte del pensamiento y empiezan las confusiones y preocupaciones porque se sabe que  habrá de enfrentar una nueva situación.

A la par de lo anterior, surgen dolores en el pecho, abdomen o la cabeza  y no es posible concentrarse.  Se trastorna todo nuestro sistema, no se duerme igual, no se come igual, hay distracción porque se teme activar la congruencia por no saber si podremos soportar el dolor y se alucina que todo es una pesadilla que pronto pasará, como si el hecho de perder no hubiera sido cierto.

Dicen los expertos que el llanto es excelente ya que las lágrimas se llevan las sustancias tóxicas y ayudan a reestablecer el equilibrio químico y al llorar, se descarga el cuerpo.

También es importante aceptar y respetar que la manera de “doler” varía de persona a persona, cada quién manifestará niveles diferentes de aceptación y maduración.

Ya que el pasado no se puede modificar, sí debemos tener como punta de lanza que el presente y el futuro se van a estructurar a partir de la pérdida.

La gente y la compañía son importantísimas, aunque dé flojera relacionarnos en los momentos de dolor, hay que dejarnos acompañar y a ellos expresar todo lo que pasa por nuestra cabeza.  Y al revés, si nos toca acompañar, estar hombro con hombro con el “otro”, escuchando sin juzgar ni prometer futuro exitoso, hará que se aliviane la carga emocional liberando así en menor tiempo la angustia que se siente.

Habrá que redistribuir los roles, no es posible llevar la carga en solitario, porque cuando se pretende llevar todo a solas: el dolor, el trabajo, etc., aparecerá la paranoia; surgen entonces los sentimientos de ser perseguido, juzgado, evaluado, criticado y demás.  De aquí nace el “miedo” que muchas veces paraliza al pensar que no seremos capaces de retener otra experiencia nueva.

Compartir el momento vital que nos transfiere a otro tipo de misión, hace que el tiempo suceda más amable, más efectivo y más prometedor.  No cabe duda que “más gente” hace que aparezcan como por arte de magia, nuevas situaciones, nuevos lugares y nuevas experiencias que asombran y reflejan la grandeza que tenemos en esta efímera manera de estar en este mundo.