Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo
El 19 de agosto pasado se celebró el Día Mundial de la Fotografía, recordando el día que 1839, la Academia Francesa de Ciencias anunciaba la presentación de la técnica de Luis Daguerre, llamada daguerrotipo, que consistía en que a través de un proceso químico se podía capturar una imagen y del cual derivó la fotografía, por eso tuve la inspiración de contar sobre las historias de responsabilidad social corporativa que me cautivan junto y mi pasión por capturar imágenes en mis viajes con mi cámara de alta resolución, por el puro placer de hacerlo.
Hablaré del fotógrafo conservacionista Paul Nicklen, quien, debido a su pasión por el océano, como biólogo marino se ha especializado en fotografiar la vida marina y los ecosistemas polares, en especial en el Ártico de Canadá, donde vivió de niño con sus padres en una comunidad inuit (esquimal).
Su madre, quien era fotógrafa le regaló una cámara y eso lo llevó a convertirse en uno de los fotoperiodistas más famosos del mundo capturando imágenes de la vida salvaje, con el fin de sensibilizar sobre la fragilidad del mundo natural y promover la importancia de la conservación.
El pasado 28 de julio, justo en el Dia Mundial de la Conservación, publicó su último libro de fotografías llamado “Reverence” que condensa en 344 páginas las fotografías más emblemáticas de sus 30 años carrera, para seguir concientizando a las personas sobre de la perdida de la biodiversidad, y lo más lindo es que parte de los ingresos se destinan al proyecto ambiental “Coral Gardeners” dedicado a la limpieza de playas y plantación de corales en Indonesia.
Este multipremiado fotógrafo, que cuenta con siete millones de seguidores en Instagram, tuvo en 2002 su primer trabajo para National Geographic y en 2014 cofundó la organización sin fines de lucro SeaLegacy dedicada a la conservación. Desde 2022 Nicklen forma parte del grupo de embajadores de Rolex y es apoyado por la iniciativa Pepetual Planet iniciada en 2019 por la legendaria compañía de relojes, para reconocer los esfuerzos de quienes buscan la protección de la vida en el planeta en tres áreas: ciencia, salud y la tecnología; paisajes y la de océanos, esta última dedicada a la vida marina, es la que patrocina el proyecto Coral Gardeners de Paul Nicklen. Y aquí es cuando la historia me cautivó más, porque Rolex despliega recursos tanto para personas y organizaciones que fomenten el desarrollo de las siguientes generaciones de científicos, y lo hace por medio de un fondo perpetuo que dejó el fundador de Rolex, Hans Wilsdorf.
La perpetuidad del fondo se debe a que, al no tener hijos, el espíritu altruista de Wilsdorf tuvo la generosidad de pasar el 100% de la acciones de la compañía a la Fundación Hans Wilsdorf, creada en 1945 y cuyo estatuto principal es: “garantizar la salvaguarda, el mantenimiento y la rentabilidad de los bienes que se le confían, además apoyar iniciativas sociales, educativas, culturales y humanitarias principalmente en Ginebra, así como contribuir a la protección de los animales y el medio ambiente a nivel global”.
Nadie puede vender a Rolex, sacarla a la bolsa, ni transferirla a manos privadas. Y es altamente rentable por librarse de presión de accionistas, por lo tanto, es inmune a actos especulativos. Mientras Rolex, que lleva 121 años en el mercado, siga siendo exitoso, seguirá aportando parte de las ganancias a la fundación de manera perpetua. Como dato interesante, el rotor “Perpetual” patentado por Rolex en 1933, fue el primer mecanismo automático del mundo.








































