Fue complot, dice familia de Aburto

El 23 de marzo de 1994 era un día como cualquier otro para Rubén Aburto. Había concluido una larga jornada en la fábrica de Los Angeles, California, donde laboraba y llegaba cansado a casa para cenar y ver la televisión, su ritual cotidiano. Sintonizó el canal 34 y se dio cuenta que transmitía en vivo la noticia que el candidato a la presidencia de México, Luis Donaldo Colosio, había sido asesinado en la ciudad de Tijuana.

Atento, vio las imágenes del mitin donde el político caminaba lento entre una multitud hasta que una persona se le acercó y le disparó a quemarropa en la cabeza. Momentos después aparecieron a cuadro imágenes del agresor, golpeado, ensangrentado y arrastrado por agentes de seguridad.

“Ese se parece a mi hijo, ¡pero no puede ser mi hijo!”, pensó.

El noticiero reportaba que se trataba de Mario Aburto Martínez y que en esos momentos se encontraba detenido en la delegación de la Procuraduría General de la República. De inmediato le llamó a su hijo mayor Rafael.

“Mira lo que están pasando en la televisión, dicen que allá en Tijuana asesinaron al licenciado Colosio, y están mentando a Mario”.

Han pasado 20 años de esa tarde, y hasta la fecha don Rubén asegura que su hijo es inocente, es el chivo expiatorio en un complot orquestado por el Gobierno para deshacerse de un candidato que no se alineaba a los intereses del PRI.

La confesión de culpabilidad de Mario proviene de las torturas y amenazas de muerte que ha recibido durante las últimas décadas, aseveró su Padre, y añadió que las pruebas en su contra han sido débiles, amañadas y muy cuestionables, tanto, que se tuvieron que realizar tres investigaciones para tratar de convencer a la opinión pública, pero aún así no lo lograron.

“Él no pudo haber sido”, aseguró el sexagenario, “mi hijo no tiene ese corazón”.

Ahora don Rubén apela a los buenos sentimientos del presidente Enrique Peña Nieto, e incluso le ha escrito dos cartas pidiendo que conceda un indulto a Mario y pueda salir libre después de dos décadas “de estar pagando por un delito que no cometió”.

“Yo ya perdoné todo el daño que le han hecho a Mario y a mi familia, a esos ex presidentes y a esos procuradores de justicia mentirosos, a todos los perdoné”, aseguró Rubén, y consideró que ahora toca el perdón a su hijo, comparando la situación con la del maestro Alberto Patishtán, el indígena tzotzil encarcelado por más de 13 años por el asesinato de siete policías chiapanecos que no cometió, y liberado tras un perdón presidencial.

“Nosotros tenemos bien claro que nuestro hijo es inocente, es solo un chivo expiatorio que agarró el gobierno para culparlo de un crimen que nunca cometió”, sostuvo Rubén Aburto, quien se aproxima a cumplir los 70 años de edad.

Su avanzada edad y las enfermedades crónicas que lo mantienen postrado en una silla de ruedas eléctrica la mayor parte del día, hacen que su mayor anhelo sea ver a su hijo antes de morir.

La vida en el exilio

Desde el encarcelamiento de Mario la familia Aburto vive en Estados Unidos. Las autoridades federales de aquel País les concedieron el asilo al considerar que su vida corría peligro en México. Aseguran que fueron amenazados de muerte en repetidas ocasiones y que su domicilio fue saqueado días posteriores al asesinato de Colosio para extraer todas las pertenencias de Mario, fotografías y documentos familiares.

En esas fechas María Luisa Martínez, madre de Mario, denunció que ella y sus hijas fueron arrestadas injustificadamente, sometidas a abusos y humillaciones durante su detención. La familia también denunció que José Luis, el hermano menor, fue torturado y amenazado por agentes de la PGR, para inculparlo como cómplice de Mario.

En ese tiempo don Rubén y su hijo Rafael vivían en Los Ángeles. Al considerar que era demasiado riesgoso para su familia seguir viviendo en Tijuana, les pidió que se fueran a vivir con él. Desde entonces ninguno de ellos ha regresado a México.

Tampoco han ido a visitar a Mario a la cárcel, ya que abogados y activistas estadounidenses que los han ayudado o asesorado durante estos años les han recomendado no cruzar a México por su propia seguridad.

Un hermano de Mario -que prefirió reservar su nombre durante la entrevista-, contó que en Los Ángeles algunas personas los llega a reconocer cuando dan su nombre, y cuando les preguntan si son familiares de Mario muchos se compadecen de ellos e incluso les muestran su apoyo.

“Nos dicen que están con nosotros porque saben que (a Mario) lo inculparon”, sostuvo el hermano, “saben que como le pasó a mi familia le pudo haber pasado a cualquiera”.

Aunque nunca imaginó que viviría en los Estados Unidos por necesidad y no por decisión, está agradecido con ese país, ya que ha acogido a su familia y les ha dado la oportunidad de salir adelante, algo que no hubieran podido hacer en México. Ahora todos son residentes legales del estado de California.

Los Aburto, familia de migrantes

Mario Aburto nació y creció con sus cinco hermanos y dos padres en Zamora, una ciudad del Noroeste de Michoacán que en 1971 -año de su nacimiento- todavía era un pueblo, aunque famoso por sus vastos cultivos de fresa y sus tradicionales “chongos” de leche cuajada.

Su hermano mayor aún recuerda las mañanas cuando caminaban a la escuela juntos.

“Éramos buenos estudiantes, hasta competíamos por ver quién sacaba las mejores calificaciones” sostuvo su hermano, quien prefirió omitir su nombre.

Para su padre Rubén, Mario siempre fue el mejor de sus hijos, tranquilo, respetuoso y responsable. Sin embargo no siempre estuvo presente durante su infancia, ya que en 1972 emigró a Los Ángeles, California, para trabajar y mandar dinero a casa.

Con los años la madre de Mario, María Luisa Martínez, y sus hijos decidieron mudarse a Tijuana. Para mediados de los ochentas don Rubén ya era residente legal de California, así que se llevó con él a su hermano mayor a vivir y trabajar en Los Ángeles.

Lo mismo haría con Mario años después.

La vida para María Luisa no era fácil, así que su esposo decidió enviar de vuelta a Tijuana a Mario para cuidar a su mamá y sus hermanas.

La madre recuerda que Mario pasaba largas horas con su hermanita menor viendo las caricaturas, y lo contento que se ponía cuando le cocinaba su platillo favorito: carne con chile.

A 20 años de su encarcelamiento, María Luisa aún reza para que un día pueda volver a ver a su hijo.

“Dios es muy grande y me da fuerzas para aguantar”, expresó.