Por Maru Lozano
“Las maldiciones no van nunca más allá de los labios que las profieren”. Nos lo dijo William Shakespeare, quien en días como estos muere, un 23 de abril pero de 1616.
Su frase es algo así como el bumerán o en inglés boomerang, un arma de madera curvada de tal manera que, al lanzarla con movimiento giratorio, puede volver al punto de partida.
Si pudiéramos entender lo que nuestra energía hace. Piensa en cómo pones a funcionar tu celular inteligente, piensa en esas lámparas con sensores que reaccionan ante un movimiento o sonido. Nuestras palabras están cargadas de energía y lo que decimos lo instalamos como orden inmediata en nuestras células, en nuestro cuerpo.
Cuidemos entonces que nuestras palabras sean positivas. Al maldecir, lo hacemos iniciando con frases tales como: “Me revienta, qué desgracia, me hierve la sangre, odio cuando, me duele el estómago de solo pensar, me mata, qué mala suerte, me enferma, no soporto, es un infierno, qué castigo, dan ganas de matarlo, no sirvo para nada…”
Nada que maldigas hará efecto en una persona pero sí en el ambiente que se respira afectando el funcionamiento de las cosas, de la naturaleza y de los alimentos. Ciertamente existen personas muy necesitadas económicamente, muy poco informadas o de corta edad, que lo que les digas, harán.
Ese padre de familia que puede decir: “Ni lo intentes, no te saldrá bien, qué tonto eres, así no vas a pasar el examen…” Y cuando el hijo reprueba ¡te enojas! Pero ¿por qué? Si hizo exactamente lo que tú le decías.
O bien un jefe, un maestro, un líder malo que cuando te achican con sus palabras y encima quieren que funciones estando todo angustiado… angostado. Pueden influir pero no definir.
Cuando deseamos el mal, no vemos directamente a los ojos; si lo hiciéramos, no nos atreveríamos a despotricar. Si ponemos atención a nuestra postura, lo hacemos quizá llevando las manos a nuestra cabeza, de tal suerte que la orden dada, se instalará en un órgano de nuestro cuerpo haciéndolo funcionar indebidamente. Empezando por desbalancearnos con cambios cardiovasculares, hormonales, en el sistema nervioso autónomo; segregas adrenalina y cortisol, los vasos sanguíneos se contraen y la presión aumenta y también los músculos se tensan.
Seamos pues impecables con nuestras palabras. Checa en internet el experimento del japonés Masaru Emoto, quien sostiene que las palabras, emociones, pensamientos y sonidos dirigidos hacia un volumen de agua influyen sobre la forma y apariencia de lo que en el agua está. Se pone arroz con agua en frascos de vidrio transparentes y diario se le dice a uno algo positivo, al otro algo negativo y al último se le ignora. Al cabo de un mes, el arroz del frasco con buena intención comenzó a fermentar y despedía un aroma agradable, el arroz con intenciones negativas se puso negro y el otro que ignoró se pudrió.
Nosotros estamos formados por más o menos un 70% de agua, así que ¡aguas! con lo que pensamos, decimos y sobre todo, creemos.


































