Por Daniel Salinas Basave
Podemos afirmar que en este triste lunes 17 de agosto terminó una Era en la historia editorial de México. La casa editorial fundada en 1960 por Neus Espresate, Vicente Rojo y José Hernández Azorín, ha cerrado sus puertas luego de seis décadas y media. Las primeras letras de los apellidos de sus fundadores dieron nombre al proyecto: ERA.
Acaso la muerte de ERA sea el símbolo que ejemplifique con crudeza y desparpajo la naturaleza de este Zeitgeist-guillotina. Obviamente es muchísima la gente del medio que se ha manifestado, pero muchas de las reacciones coinciden en señalar que el final de Espresate, Rojo y Azorín encarna la crónica de una muerte anunciadísima y mega cantada. Vaya, hay quienes lo espetan con un tonito de “se lo merecían por anacrónicos.
El que sin duda lo escupe con mayor crudeza es Guillermo Schavelzon, quien arroja su lapidaria frase con ética de capitalismo salvajón estilacho “padre rico, padre pobre”: “Las editoriales no cierran ni quiebran por culpa del mercado, sino por culpa de quienes las dirigen”.
En mi camino de vida como lector, hay ciertos libros u obras que han marcado un umbral o una encrucijada. Después de leerlos ya nada es igual. Vaya, mi vereda como lector no habría sido la misma de no haberme topado un día con José Revueltas y Malcolm Lowry por mencionar solo un par de ejemplos. Pues bien, tanto Revueltas como Lowry llegaron a mí por editorial Era, uno esos faros culturales que nos dejó por herencia el exilio republicano español.
Con esos dos me hubiera bastado para prenderle un par de velas de gratitud eterna a esa casa editorial. Si a eso sumamos más de una veintena de títulos de César Aira, antologías icónicas como Norte o A ustedes les consta o joyas irrepetibles como Cartucho de Campobello; Aura de Carlos Fuentes; Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco; La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska; El arte de la fuga o Domar a la divina garza de Pitol; Los indios de México de Fernando Benítez o El cuarto jinete de Verónica Munguía, solo puedo concluir que me han dado a llenar.
Más recientemente publicaron a jóvenes talentosos como Joel Flores e Hiram Ruvalcaba. Vaya, la mayoría de los ejemplares que hay en mi biblioteca con el sello de esa editorial son piezas que han dejado huella profunda.
Este triste lunes Editorial Era apaga la imprenta y baja la cortina. La carta que acabo de leer es desoladora: “Hoy, a 66 años de la publicación del primer libro de Ediciones Era, nos vemos en la necesidad de reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros”.
“En estos últimos seis años hemos peleado de mil maneras para mantener la editorial viva, pero los ingresos para lograrlo no han llegado”.
En fin. El presente es una descomunal y afilada guillotina, una bestia insaciable que no deja de devorar.
Acaso en el futuro solo sobrevivirán titanes multinacionales como el voraz pingüino que todo lo traga o los quijotescos esfuerzos de salmones suicidas que emprendan proyectos artesanales por puro amor al oficio de edificar iglús en el desierto.
Hace unas cuantas semanas, mi colega Fidelia Caballero de Poetripiados me preguntó qué pienso de la crisis del libro y la industria editorial.
Esta fue mi respuesta: Desde siempre he escuchado que la industria editorial está en crisis, que la literatura está en crisis, que la gente ya no lee, pero los libros y los lectores siguen estando ahí como los salmones en la cascada”.
Échenle los santos óleos a Editorial Era. Mientras haya vida, yo seguiré pepenando tus ejemplares en las mesas de antiguallas y en los sótanos empolvados donde habita la nostalgia y el olvido que ya somos.


































