Zweig y Montaigne

Por Daniel Salinas Basave

A menudo cedo a la tentación de creer en la existencia de un duende capaz de tejer los hilos de las serendipias librescas. De pronto las más improbables lecturas irrumpen en el camino y arrojan frases o ideas capaces de explicar o iluminar un momento determinado de nuestra vida o de la Historia. Cuando una duda o una angustia machacona se ha instalado en nuestra cabeza, nos sale al paso un libro que arroja luz sobre ella.

En viaje relámpago por Monterrey me hice de la biografía de Michel de Montaigne escrita por Stefan Zweig. Pocas veces se da el caso en que biógrafo y biografiado desarrollen semejante juego de espejos. A Montaigne, pensador francés del Siglo XVI y padre del ensayo literario como género, lo veo reflejado y casi encarnado en su biógrafo, Stefan Zweig, ensayista austriaco de principios del Siglo XX.

Cuando Zweig explica lo que siente al leer a Montaigne, parece estar definiendo lo que siento yo al leer a los dos en el ardiente verano de 2016. Hay en estas páginas un tú que se refleja en mi yo, la distancia queda abolida, el tiempo se separa de los tiempos, escribe el austrohúngaro para describir su sensación al leer los Ensayos del “señor de la Montaña”.

A Zweig y a Montaigne los hermana la claridad y la templanza de ideas en medio de escenarios de tormenta y delirio. Tanto el francés como el austriaco vivieron periodos de auge artístico, científico e intelectual en donde la humanidad parecía estar alcanzando un elevadísimo pico de sabiduría y racionalidad. Montaigne vivió el Renacimiento, Zweig la Belle Epoque y ambos tuvieron tiempo para maravillarse con entornos que parecían alcanzar el éxtasis, inmersos en una carrera donde había prisa por dejar atrás las tinieblas y la ignorancia.

Pero justo cuando el arte y la razón colocan sus banderas en la cima, irrumpe la barbarie y el infierno. A Montaigne le tocó vivir muy de cerca la sanguinaria demencia de las guerras de religión que en Francia fueron particularmente sádicas entre católicos y hugonotes, mientras que a Zweig le tocó ver el desmembramiento del Imperio Austrohúngaro en la Gran Guerra y el posterior ascenso del nazismo que acabó por tragarse a los austriacos.

Es un placer vivir, pero cada vez que la ola asciende demasiado rápida y escarpada, cae como una catarata con tanta más fuerza. Siempre que el espacio se ensancha el alma se tensa, escribe el austriaco. Así me siento en este 2016. La ola que tan alto ascendió está en plena caída. Desde hace días me carcome una fatal certidumbre: Donald Trump va a ganar las elecciones en Estados Unidos. 

Hoy me queda claro que la Historia no nos vacuna. Los millones de estadounidenses que llevarán a Trump a la Casa Blanca lo harán votando con el hígado y el puño cerrado. No será un voto de esperanza, sino de odio. Nuestro mundo está a punto de arrojarse a un pozo oscurísimo y pestilente y por herencia sólo nos queda pensar como Zweig y Montaigne que el desvarío de una época no es una calamidad real en la medida que conserves tu claridad de ideas. ¿Será posible?