Yomóvil

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Cada quien sus razones y con ello cortó la primera persona, evitó el reflejo, buscar el sentido dónde para mí no lo tiene y tampoco debería, el otro, ella, él y todos con derecho a no ser entendidos, pero sí escuchados, es tan válido a tiempos el sonido del mundo, el cual nos hace atractivos, lo que nos da señal que vivimos, aunque devoremos todo. Somos personajes del mismo Dios que la creatividad elaboró y el “querer” confirmó; se lo topan todos los días, ¡Vaya que son dichosos!, dicha que yo no gozo, pero tampoco envidió, ya que yo no creo en la muerta o al menos no como la pintan o imaginan, la mía… pues es eso, únicamente mía. El mundo particular no tiene motivo para ser comparado, es la oscuridad privada y la dicha que sí es narrada pierde chispa, pero todo contradictoriamente parte de allí, lo que leen, aman, respiran y viven. Cohabitamos en la respiración del otro y en el sueño de algunos pocos con suerte, que conocieron las rutas y aprendieron navegar en contracorriente. Este mundo no le pertenece a nadie, pero hay muchos que juran ser su dueño y haber domado a esta yegua.

En el día a día cohabitamos, existimos de tal manera que nadie nos recuerda, hacemos cosas sin sentido, rutina sin cuestión, en tradición retrógrada que aniquila las ganas de llamarse “uno” y ¿por qué no ser eso que habita dentro, eso que pensamos y conversamos sin filtro? Es tan difícil lo sencillo cuando no se practica y esto lo digo de primera mano. Yo me acostumbro con tal facilidad, que hasta amor le llamó; me vuelvo el cuadrito del almanaque, esperando ser tachada, cruzada pero vívida, como si caminar rápido me hará llegar en menor tiempo a la senectud de mis años, para poder sentarme en un sillón y jactarme de mis historias, es que pocos dudan de los ancianos.

Ser uno es más difícil, que ser dos. Es ser un guerrero en el tumulto, que silenciosamente debate el existir y se cansa y cae, y llora y es, siempre es y esa es su mejor armadura. Tiene que doler si estamos aquí, se tiene que sentir si es que vamos allá; y sólo dentro, muy dentro reina la luz, que ilumina tu realidad, la cual no quieres que sea vista, no es que sea tímida, pero es más sencillo a momentos compartir un pan, que una opinión, y debo admitir que todos estamos más necesitados de lo segundo. Ser y ponernos una corona, tomar del silencio la pauta y contar cada palabra como moneda en la bolsa.