Yo crecí en la calle

Por Juan José Alonso Llera

Hay días que veo a los niños de ahora con el celular, sin caminar de la escuela a la casa (la seguridad), sin salir a la calle  a jugar, toda salida debe ser supervisada o llevados a un parque preferentemente en SD. No puedo evitar comparar a los chicos de ahora con los de “antes”, con esto no me refiero a mejor o peor, simplemente me cuestiono: ¿Qué ha pasado?, obvio aparte de envejecer.

Pertenezco a una generación especial que alguien llamó la generación X. Y cómo no va a ser especial, si nuestra infancia estuvo llena de cambios. Somos la última especie que jugaba en la calle y en los recreos del colegio, a los quemados, a las escondidas, al arroz con leche, a policías y ladrones (algunos ahí agarraron el vicio, jajá), a los colores, a la roña, y a los países… Pero también la primera que usó videojuegos y vio la TV a color. Fuimos los últimos en grabar canciones de la radio en casettes y enrollarlos con un lápiz, vimos películas en versión Beta y VHS, pero también somos orgullosos pioneros del internet, el chat y los CDs.

Soy producto del Chapulín Colorado (Comparsa del subdesarrollo), Jacobo Zabludovsky (Cómplice del sistema), los jugos con plomo, el cinturón, los reglazos de la maestra, la carrilla brutal (que hoy delicadamente llaman bullying), juegos salvajes como pamba china, burro entamalado y bolita donde sea. Por otro lado vengo de una época de cambios radicales y libertarios del mundo: El 68, la guerra fría, el muro y una dictadura disfrazada de democracia llamada PRI.

Echando un vistazo a todo este pasado es difícil creer que siga vivo: Antes viajábamos en autos sin cinturones de seguridad, sin sillitas especiales y sin air-bag, hacíamos viajes del DF a Nuevo Laredo por tierra sin quejarnos y sin el temor de ser asaltados. No tuvimos puertas con protecciones, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños. Andábamos en bicicleta o patines sin casco, ni protectores para rodillas y codos. Los columpios eran de metal y la resbaladilla con esquinas en punta oxidada.

Lo que más recuerdo es llegar a casa de la escuela, aventar la mochila y pasármela todo el día en la calle jugando con mis compas sin ninguna preocupación de mi parte y sin temor de que me fueran a robar por parte de mis padres. Qué bueno que avance el mundo y la tecnología, de hecho yo no sé si podría vivir sin mi celular. Lo que no podemos perder independientemente del tiempo que sea y a la generación que pertenezcamos, es la libertad de vivir seguros, de jugar, de salir sin preocuparnos, de caminar tranquilamente por las calles. Nunca hay que perder ese niño interior que sale a divertirse y mientras eso pasa, va cambiando al mundo para bien. ¿Dónde nos atoramos? ¿Quién nos robó la tranquilidad? ¿Quién nos quitó ese México de antes? ¿Qué no he hecho correctamente para tener una sociedad sana? ¿Qué tengo que hacer para que cambie la situación? Mi querido lector, me gustaría tener las respuestas, pero hoy te digo que no las tengo, pero mientras las encontramos juntos, te propongo trabajar incansablemente, hacer cosas por tu ciudad y por el mundo. Sin duda Tijuana es producto de sus ciudadanos, por eso cambiemos nosotros para cambiar a la ciudad y al alcalde.