Y usted ¿a qué vino?: Restaurante Mexicano

No es fácil encontrar un restaurante abierto durante las veinticuatro horas del día. Supone una organización y una logística especial. Es difícil imaginar el sitio si se camina inopinadamente por la acera de la transitada calle Gobernador Balarezo a unos pasos del Boulevard Salinas.

 

Junto con la Finca y el Potrero conforman la trilogía de sitios que ofrecen platillos inspirados en la vasta cocina de nuestro país. La ambientación del lugar nos transporta mentalmente a las áreas de comida de casi cualquier mercado mexicano. Al centro se ubican las planchas y fogones en los que se elaboran, casi sin interrupción, toda clase de antojitos para satisfacer a los comensales que hacen acto de presencia durante todo el día.

Empezamos con una crema de elote al tiempo que pedimos autorización para descorchar una botella de vino blanco de Baja California. Del Ejido Uruapan en Ensenada, para ser precisos. La Grulla es un vino elaborado con uva Chenin Blanc, cosecha 2010. A la botella se le acondiciona una improvisada hielera forrada con papel aluminio. Convertir una modesta cubeta en una hielera plateada refleja dos cosas: creatividad y dignificación de la mesa que, no por sencilla, deja de transmitir calidez. De la mano del menú viene una oferta de platillos cuaresmeños. Nos vamos por unos romeritos con mole y camarones. De sabor intenso el guisado nos revela que el vino de La Grulla, afrutado y ciertamente con tendencias de notas dulces se acomoda muy bien con los ingredientes del mole, mismos que resaltan la acidez del vino atemperando su dulzor, un agradable descubrimiento personal y una opción atractiva para quienes consideran que hay platillos mexicanos que nada más no van con el vino. Personalmente prefiero los camarones frescos siempre en lugar de los secos. Cuestión de gustos. Como segundo plato llegan unas tortitas de camarón con nopalitos, acompañados de un itacate con tortillas de maíz bien calientes. Confirmamos entonces lo que ya veíamos desde el primer platillo: salsas de jitomate, cebolla y moles bajan los bríos dulces propios de la Chenin Blanc, convirtiéndola en una buena compañía. Queda un espacio para probar el conejo, preparado a la parrilla y al que acompañamos con unos ricos frijoles de la olla. El lugar puede albergar a unas ochenta personas y está dividido en dos secciones. No son menos de diez personas las que participan activamente en la preparación de los platillos y otras tantas quienes atienden las mesas de los parroquianos.

Para terminar pedimos al centro una capirotada, postre barroco de la cocina del centro del país, típico de esta temporada y que se prepara con pan, fruta y queso de la región. Hay veces que se busca afanosamente un lugar cuando la mayoría de las cocinas de los restaurantes ya han cerrado, pues parece que aquí hay una opción para quienes suelen trasnochar o simplemente tienen hambre a toda hora. Cocina sencilla como sencillo y afable es el trato que nos brindan, incluida la sonrisa constante de Evelia nuestra mesera.