Y usted ¿a qué vino?: Querido Jesús:

El viernes pasado a eso del mediodía, una escueta llamada de Ray detuvo el mundo por un instante.

 ¿Sabes qué no me gusta de la muerte cuando llega así? Que no nos da la oportunidad de despedirnos, sin remilgos ni tapujos: ¿Bueno? ¡Hola Jesús! ¿Cómo estas, a qué debo el honor de esta llamada? Nada hombre, te llamo para despedirme, fíjate que ya no andaré más por aquí ¿sabes? No, no es que me vaya de viaje, bueno, si lo quieres ver así, es algo parecido, lo que pasa es que ya no nos veremos a partir de mañana. No, no, no me regreso a España, aquí me quedo pero, joder, ¿cómo te lo explico? Mira, vente hoy en la tarde al Cantábrico y ya te cuento, que quiero cerciorarme de que estés convencido que no hay mejores quesos en el mundo que los de Asturias ¿vale?

¿Ahora con quién me siento a tomar mi expreso y a arreglar el mundo? ¿Quién va a seguir marcando con el fierro de su cigarro la insensible piel de tu barra de madera? ¿En dónde buscar ahora la sonrisa franca y la mirada taciturna tras el vino de la casa? Tijuana no es Dublín pero tu odisea fue precaria y minuciosa, como la de Bloom, en la que unos te veían partir y otros llegar, pero no un día sino todos. Entre Escila y Caribdis a diario. De Casa Cantábrico al Asador Pamplona y viceversa, un viaje metódico, sencillo, delirante. Lupita fue tu contramaestre y Manolo y Hugo tus primeros (y únicos) oficiales, siempre al pendiente de los avíos necesarios para que pudieras emprender tu diaria jornada. A partir de ya se anuncia la cancelación definitiva de la cotidiana expedición, lo que implica el cambio inmediato de usos y costumbres de algunos de nosotros, ya no digamos el cambio de vida de quienes alumbraron la tuya.

Queda de ti la niña de tus ojos, quiera el cielo que entienda un día por qué decidiste no despertar aquella mañana interrumpiendo la habitual rutina de las compras, antes de llegar al cuartel para disponer la estrategia del periplo. Ahora recuerdo aquella ocasión en la que alguien te dijo, palabras más palabras menos, Jesús, habrías de cuidarte un poco, que si sigues así te vas a morir. Tu respuesta, rotunda, espontánea y, creo, desprovista de mala intención: bueno, al menos ya sé de qué voy a morirme.

Si quieres saberlo, aquí todo sigue igual, las hormigas continúan su frenética carrera, cada una por su cuenta y riesgo, deteniéndose solo un imperceptible instante cuando una de ellas decide no continuar la ruta. Las lágrimas, si las hubo, vuelven casi de inmediato a su función normal, lubricar nuestros ojos y protegerlos del viento y del frio, pocas veces de la tristeza. Me quedo con el abrazo siempre corto e inabarcable, no por no querer darlo sino por no poder hacerlo. También con tu buen humor, que has dejado aquí a manera de herencia nítida e invaluable.