Y usted ¿a qué vino?: Great American Land and Cattle

Haz fama y échate a dormir, dice el viejo dicho mexicano. Juárez es una ciudad que ha transitado, durante mucho tiempo, en el sopor tedioso de la mala fama. Dos pasitos para adelante y cuatro para atrás. Levantarse todos los días escuchando en la radio las noticias que justifican a los pregoneros de la fatalidad el poder continuar asegurando que Juárez es la ciudad más insegura del mundo, no son nada alentadoras, no para quienes se levantan todos los días a trabajar, a llevar a sus hijos a la escuela y para ayudar a su ciudad a reconstruirse todos los días en espera de mejores tiempos.

Atisbar la fachada que brinda México desde El Paso Texas, paradójicamente considerada la ciudad más segura de Estados Unidos, es enfrentar una realidad ominosa. No es nuestra mejor cara, pero aunque tengamos muchas ésta también es nuestra. Y de las ruinas de una guerra que nosotros hemos tolerado, todos como mexicanos y no solo los mediocres gobiernos que hemos dejado llegar, miles de ciudadanos empiezan a despertar.

Confieso que nunca antes había estado en Juárez, pero me gustó lo que vi. Un lugar al que se ha salvado de morir y que se encuentra en sala de terapia intensiva. Su situación es delicada pero estable, dirían los médicos a cargo. Un ejemplo de ello es el restaurante Great Land and Cattle en el Centro Comercial Las Misiones. Este complejo comercial se encuentra a unas cuantas calles de la zona hotelera de la ciudad.

 El sitio es amplio y decorado con un estilo conservador, con colores más bien serios. Llama la atención una cava al fondo del local con las botellas de vino expuestas al comensal a través de un gran ventanal que la separa del área del comedor. A la mesa llega una orden de mini hamburguesas de sirloin preparadas con gracia y esmero. Se acompañan con unos aros de cebolla que se piden por separado. Como plato fuerte se pide un rib eye que llega tal y como se ha pedido: término medio rojo y bien caliente de la mano de una orden de papas a la francesa.

El servicio es atento y eficiente. Quizás lo que más ha llamado mi atención es la oferta de vinos. Los mexicanos en muy buenos precios. Para ser claro, más baratos que en los restaurantes de Tijuana y de Ensenada, lo que representa un esfuerzo y un mérito que habrá que aplaudirle al propietario. Y otra más: veinticuatro vinos por copa, algo inédito aun en la mismísima tierra del vino (Baja California).

Pregunto por la logística y me explican que las botellas destinadas al vino por copeo se conservan en refrigerador con temperatura controlada y tapones extractores de aire, un método sencillo y eficaz. El tiempo que dura una botella desde el momento que se descorcha es de unos cinco días en promedio. Como vemos, de que se puede se puede. Solo se requiere de un poco de imaginación y arrojo.