Y usted ¿a qué vino?: El precio del descorche, un arma de dos filos

Todos lo sabemos y para nadie resulta extraño, el costo de las bebidas con que acompañamos una comida o una cena, contengan o no alcohol, encarece la cuenta del establecimiento visitado. 

Tragos cortos, largos, vino, café, té y sodas, jugos naturales o embotellados, cocteles, aguas minerales o botellines de agua simple, engordan la comanda de cualquier tipo de restaurante.

En el caso específico del vino los consumidores podemos echar mano de un recurso cada vez más popular: el pago de un descorche en favor del restaurantero. Tú puedes traer una botella de vino y yo te permito descorcharla si estás dispuesto a pagar por ello. A simple vista parece una buena negociación, pero vamos por partes, como solía decir Jack el Destripador. Estamos dispuestos a pagar porque no tienen el vino que quiero o, lo más común, porque me conviene llevar mi vino como resultado de los altos precios de éste en casi cualquier sitio. 

Dos son las razones más comunes que justifican este cargo extra: que no compres alguno de los vinos que se encuentran en la carta y, como resultado de ello, dejen de ganar la utilidad que esa venta representa y por otro lado que el comensal debe pagar el costo del uso, lavado y, en su caso, reposición de las copas y el tiempo destinado al servicio del vino traído de fuera.

Ahora bien ¿cuál es el precio justo que debe cargarse a la cuenta del cliente por un descorche?  En general en nuestro país se acostumbra cobrar entre 100 y 150 pesos y Baja California no es la excepción, sin embargo de algún tiempo a la fecha en algunos lugares se pretende hacer una diferencia dependiendo si el vino es nacional o importado. Juego peligroso éste, en el que el restaurantero no siempre termina ganando, aunque lo crea.

Difícil resulta intentar ser salomónico pensando que, a un vino por el simple hecho de ser importado, se le  debe cargar un descorche más caro. ¿Bajo qué criterio, si hay vinos mexicanos de precio más elevado que muchos extranjeros? ¿Por qué tengo yo que contribuir al cobro de una utilidad desmedida en una botella de vino o, lo que es peor, pagar ineficiencias operativas de un negocio que se quiere cubrir por todas partes?

Por fortuna somos nosotros los consumidores quienes podemos hacer que las cosas vayan por el camino de la sensatez. Al fin de cuentas, la cartera manda. Si llegan a un restaurante que pretenda cobrarles más de 150 pesos de descorche por vino, nacional o importado, sigan los pasos del buen Lázaro: levántense y anden, a menos, claro, que no les importe despilfarrar su dinero.

Piénsenlo, en los países en que el vino es seña de identidad cultural, el descorche no es habitual. La razón no es porque los vinos sean baratos, sino porque quienes están en el negocio de la venta de vino conocen bien el valor de la honestidad. Así, o más claro.