Y usted ¿a qué vino?: Desde un lugar de la Mancha de cuyo nombre sí quiero acordarme

Por Dionisio del Valle

Había una vez un Marqués que vivía en un castillo muy grande llamado el Palacio de las Dueñas en elAndalús. Eran tiempos de guerra y, aunque su padre quería que fuera algún día militar, el pequeño soñaba con el campo y el aire libre, lo que no era de extrañar ya que generaciones anteriores a la suya se habían dedicado al cultivo de la vid en una cercana región del reino, conocida con el nombre de Castilla-La Mancha. La contemplación de las fértiles riberas sevillanas del Río Guadalquivir, tumba líquida de cartagineses, romanos, árabes y españoles, habría contribuido de alguna forma, a moldear el anhelo de convertirse en vitivinicultor. Y aquí se interrumpe el cuento que no es cuento y el había una vez que no es había sino es. Porque el Marqués de Griñón existe de carne y hueso y se dedica a producir lo que hoy en día es, sin lugar a dudas, algunos de los mejores vinos de España. Dominio de Valdepusa es una propiedad agrícola cerca de la ciudad de Toledo que apenas si llega a las cincuenta hectáreas. Ahí se producen vinos de extraordinaria calidad, elaborados con uvas impensables en la zona, hasta hace relativamente poco tiempo. 

Don Carlos Falcó y Fernández de Córdoba, que es su nombre de pila, es un noble singular. Realizó sus estudios de Enología en la Universidad de Lovaina en Bélgica y, poco después, su Master en la prestigiosa Universidad de Davis en California. Su padre fue Don Manuel Falcó y Escandón. Este segundo apellido, aunque español también, es el vínculo que lo une con México, ya que parte de la familia Escandón viaja al Continente Americano estableciéndose desde hace muchos años en nuestro país, algo que el Marqués siempre menciona con especial cariño. De hecho, su primer acercamiento con México sucede en 1946, a la edad de nueve, cuando viaja en un barco de nombre “Magallanes” de la Compañía Trasatlántica Española. Recuerda con afecto que el viaje con su familia tenía dos finalidades: primero, vender algunas propiedades de los parientes mexicanos de la familia, los Escandón, predios y casas ubicados en la famosa Zona Rosa de la ciudad de México y después, viajar a Nueva York, para comprar un automóvil Ford último modelo.

Su relación con el Rey Juan Carlos es muy conocida, sin embargo, escucharlo platicar acerca de ella no arrastra ni sombra de arrogancia o de chocante presunción, por el contrario, ahora nos enteramos que fue él, el Marqués de Griñón, quien enseñó al Rey Juan Carlos a montar a caballo, durante aquellas tardes de su infancia en las que convivía con el Príncipe de Asturias. A diferencia de otros que gozan (o sufren) de un título nobiliario, Don Carlos es un hombre que no sabe estarse quieto. A la edad de 17 hereda de su abuelo, el Duque de Arión, la finca toledana conocida con el nombre de “Casa de Vacas” y es entonces que empieza a cristalizar su ilusión: convertirse en vitivinicultor. Su tesis doctoral trata sobre las técnicas de cultivo disponibles en la época y que permiten el ahorro de agua en distintos tipos de actividad agrícola. Con la intención de darle un sentido práctico a su especialidad, Don Carlos acude a un amigo suyo, el Barón Erik de Rothschild, propietario del famoso viñedo bordelés Mouton-Rothschild y le hace una petición: viajar a Israel y conocer, de primera mano, la última palabra en tecnología hidráulica del momento: los sistemas de riego por goteo y riego por aspersión que estaban convirtiendo las tierras áridas del desierto israelí en verdaderos vergeles. Y, como dice el Marqués, no solo lo recibieron sino que lo prodigaron con todo tipo de atenciones durante su visita asignándole un grupo de expertos del Ministerio de Agricultura para que regresara a España no solo sin dudas, sino con el bagaje que le permitiría, casi de inmediato, convertirlo en el primer viticultor español en establecer este tipo de riego en la viña española.

No era para menos, la familia Rothschild, de origen judío, contribuyó como pocas a la consolidación del Estado de Israel como nación independiente, desde el año mismo de su fundación en 1948. Por cierto, el “niño de la guerra”, como se conoce a Don Carlos por haber nacido en 1937, durante plena guerra civil, casualmente realiza el viaje que comentamos unos meses antes de la guerra de Yom Kipur, en la que sirios y egipcios atacaron Israel precisamente durante las festividades del día del perdón, fecha sagrada de la religión judía.

La conversación con el Marqués fluye mansa y agradable, sus anécdotas parecen inagotables. Con voz pausada y de tono grave pero afable, intercala entre sus dichos risas largas y una que otra sonora carcajada, mensaje inequívoco de quien disfruta lo que hace y lo que le toca vivir. La sencillez de su trato no hace menos impresionante la charla que resume en parte los sucesos de su periplo vinícola. Como la cena concedida por el Rey Juan Carlos al crítico Robert Parker, a petición de Don Carlos, ocasión en que el Rey reclamó amablemente a Parker que su vino preferido, el Vega Sicilia, nunca había sido calificado por aquél en su famosa guía y, en cambio, sí mencionaba, con cierta regularidad, vinos provenientes de regiones relativamente nuevas, como Murcia, Bierzo o Toro. Parker le dio la vuelta al Rey, como cuenta Don Carlos, argumentando que en España hay tal cantidad de terroirs diferentes que ni los españoles han terminado de descubrirlos. Ya en el café pregunto al Marqués cómo, una vinícola con un viñedo de solo cincuenta hectáreas en las que se producen unas trescientas mil botellas anuales, exporta a más de cien países del mundo sus vinos. Su respuesta es clara y contundente: Llevamos haciendo vinos hace miles de años, algo hemos aprendido. Su curiosidad lo ha llevado a muchos sitios y destinos.

Le faltaba Tijuana, la Tijuana Innovadora que atrae gente como él, un innovador muy noble, por cierto.

*Ejerce el periodismo crítico de vinos. Es conferencista y capacitador en sus tiempos libres.