Y usted ¿a qué vino?: Cibermanía

Cuando Gaston Berger acuñó el término futurología pensaba en las posibilidades de anticiparse a lo que pudiera llegar, me refiero por supuesto a adelantos científicos, y tratar, en la medida de lo posible, no ser tomados por sorpresa, preparando nuestra mente para su inminente arribo.

 Es verdad que dichos adelantos van llegando a tal velocidad y en todos los campos de la actividad humana que hemos ido perdiendo nuestra capacidad de asombro.

Ya no es extraño ver cada vez con mayor frecuencia, restaurantes con menús electrónicos y listas de vino programados en tabletas de todo tipo y en las que se puede navegar para descubrir no solo la descripción del platillo sino las características de los ingredientes, el modo de preparación o el origen de las recetas, o, como en el caso de los vinos, una breve descripción de la bodega, fotografías de la misma, relación de las cepas con que están elaborados y platillos del restaurante con los que se recomiendan maridar, por mencionar algunas.

Contar con ambiente WI-FI en un restaurante es hoy en día lo más común y casi nadie olvida a la hora de diseñar el comedor contar con un sinnúmero de dispositivos, enchufes y conexiones para los aparatos con que cargamos todos los días.

Cuando llego a un sitio en el que se brindan todas estas facilidades pienso que pocos futurólogos intuyeron las consecuencias reales y el altísimo precio que estamos pagando ante este inevitable escenario de nuestra evolución.

Cuando Stanley Kubrick sueña y concibe en el año de 1968 la obra cumbre de la ciencia ficción llevada al cine, “2001: Odisea del Espacio”, en la que una máquina controla todos los sistemas de una nave que a su vez transporta inteligentes pero vulnerables seres humanos pensaba, claro, en la enorme posibilidad de una dependencia casi adictiva encaminada a someternos a nuestras propias creaciones cibernéticas para lograr este o aquél objetivo, facilitándonos la manera de lograrlo.

Hoy en día, pequeños artefactos que caben en la palma de nuestra mano reemplazan el abrazo a la hora de llegar a comer porque ya lo enviamos por WhatsApp o sustituyen la plática inicial apenas nos sentamos, porque ya lo dijimos en un mensaje previo y dejan truncas conversaciones que apenas se inician ya que el teléfono no deja de sonar, molestando o inquietando de paso a nuestros vecinos de mesa.

Eso está sucediendo y nos es cada día más difícil evitarlo, no tenemos que hacer más que otear desde nuestra mesa para darnos cuenta de lo que digo: cobran mayor importancia las llamadas lejanas, los mensajes de la oficina y las ocurrencias, chascarrillos y fotografías que nos envían que la conversación con la persona que tenemos frente a nosotros.

Quizás por esa razón algunos restaurantes europeos han tomado medidas extremas como las de pedir a los comensales dejar cualquier tipo de aparato electrónico en la entrada del restaurante. Medida que quizás nos ayude a recordar por la noche con quién fuimos a comer.