Y usted ¿a qué vino?: Caffé Saverios

 

¿Habrá una combinación más difícil que la de una mezcla precisa que incluya consistencia, constancia, calidad, calidez en el servicio y precios honestos? Por supuesto que no. Y es que el oficio de restaurantero no es para quienes andan de ocurrentes y, un mal día, deciden que quieren serlo poniendo en peligro más de tres estómagos de inocentes víctimas. Caffé Saverios es un catálogo gastronómico que resume una trayectoria exitosa y, como tal, es un sumario de una obra mayor, en este caso la que ha sido forjada por Juan José Plasencia a lo largo de muchas décadas. Sobre la Recta (así con mayúscula porque los nombres no los pone el Ayuntamiento sino los ciudadanos) en una larga esquina, nos reciben las mesas forradas de mantel de plástico y cubremantel de papel de estraza. En cada una, una rejilla portátil pasea sendos recipientes con queso molido tipo parmesano, chile piquín, sal, aceite y la temible salsa tabasco. Pan caliente y mantequilla atemperan las ansias de los hambrientos comensales.

Si hubiera que definir el estilo del lugar habría que tomar en cuenta el origen que lo concibe, sin lugar a dudas italiano. Sin embargo ronda un espíritu californiano en la decoración que le da un aire de tratoría moderna. Entre muchas entradas que van de los carpachos a los calamares fritos o al chipotle, pasando por los quesos, los champiñones y las papas fritas, nos quedamos con unos pulpitos al olivo, cocinados con vino blanco, ajo y salsa inglesa. Entre las ensaladas se escoge la mediterránea preparada con un poco de lechuga bola y otro poco de romana, jitomate fresco, pimientos morrones en rajas, pepino, queso feta y aceitunas calamata. El nombre de estas últimas es un homenaje a la ciudad de Kalamata, en el corazón de la península del Peloponeso, famosa no solo por sus aceitunas sino por los extraordinarios aceites de olivo que en esa zona de Grecia se producen. Pedimos aparte aceite de olivo, en este caso orgullosamente bajacaliforniano y vinagre blanco para aderezarla. La combinación de los elementos que la conforman es sencilla pero al mismo tiempo cada ingrediente combinado con los demás, da como resultado un platillo de sabores frescos gratamente integrados.

Como segundo plato y entre una oferta de quince pastas, seleccionamos el spaguetti Martha, preparado con una salsa de jitomate y un chorrito de anís. La pasta llega al dente y a la temperatura correcta. Una copa de vino tinto le da la mano a la dicha pasta, resaltando la delicada acidez del tomate. Se trata del vino de la casa, una creación de Camilo Magoni, enólogo de Bodegas L.A. Cetto, en este caso utilizando cepas de origen italiano en su elaboración. Para terminar se pide un café espresso y una tartaleta de guayaba. Esta pareja se encarga de darnos la despedida. Llama la atención lo variopinto de la clientela. Tampoco es cosa fácil convocar en el mismo recinto a público tan diverso. Como bien dice un buen amigo: ¡son años!