Y usted ¿a qué vino?: Tabule

Hay lugares a los que vamos no solo por el placer de comer bien sino también por esa sensación de sentirnos a gusto. El buen ambiente es un concepto etéreo, inasible en modo alguno, sin embargo todos podemos percibirlo apenas llegar a un lugar que lo tiene.

Una reunión de amigos en la que los platillos han sido previamente  seleccionados por la mano que mece la cuna.  Es un Ojo de Tigre el que acecha a nuestro arribo: laminitas de atún rellenas de callo de hacha y salsa llamada spicy. Una pequeña delicia elaborada por las hábiles manos del maestro sushero, tradición oriental del lugar, referencia fiel del concepto original del establecimiento.

De la mano de una fría cerveza Bohemia clara, en mi opinión la mejor de las comerciales, llega un coctel llamado Tataki, servido en copa martinera grande y compuesto de una generosa ración de mariscos y pescados, a saber, pulpo, camarón, atún hamachi y salmón. Para ese momento ya han sido descorchadas un par de botellas de vino Tempranillo presentadas por la Buyanga, su padre y tutor. El año de la cosecha es 2012 por lo que todavía son factura de Reinaldo Rodríguez quien ya no trabaja para la vinícola MV. Es Daniel Lomberg el nuevo enólogo del que empezaremos a ver resultados a partir de la próxima añada, ya que apenas ha tomado las riendas de la bodega.

Ya instalado el grupo en su totalidad aparece lo que a mi juicio es el rey del sushi aquí y más allá: el Mickey especial, suaves láminas de salmón rellenas de camarón spicy, callo de hacha y ajonjolí negro con el siempre bienvenido acompañamiento de la tradicional salsa oriental.

Hacemos una pausa para comprobar que el Tabule ha logrado algo que pocos pueden presumir y me refiero a lo variopinto de la concurrencia. Hay mesas de amigos, como la nuestra, de familias, de jóvenes ejecutivos, de señoras celebrando esto o aquello. Lo que al respecto podemos deducir es que se ofrece un menú versátil que puede acomodar los más variados gustos sin caer en las exageraciones de aquellos restaurantes que se anuncian como especialistas en todo y terminan siendo buenos en nada.

Ahora es el turno de un hongo Portobello con espárragos al olivo y queso Gorgonzola con un toque de vinagre balsámico. El vino, que ya ha respirado, entra bien con el platillo gracias a los buenos oficios del queso que cumple a la perfección con su función de diplomático entre las fuerzas, a menudo en pugna, de esta sabrosa verdura y el vino tinto. Cerramos con un filete de res al Oporto con queso de cabra y papitas Cambray rellenas de cremoso queso Port salut y reducción de trufa.

Una cosa entristece la tarde, la inexplicable clausura del fantástico cuadro de naturaleza viva que adornaba el lugar: la vista al campo de Golf del Club Campestre. Ignoro las causas pero quien la haya ordenado debe ser amante de la oscuridad y, por ende, de la sinrazón.