War

Por Daniel Salinas Basave

War, waaar, ¡WAAAARRR!!! ¿Te has puesto a pensar en la estructura de esa expresión? No es ni siquiera una palabra. Es un alarido animal, un grito primario y primitivo. Waaarrr. Escúchalo: un sonido ancestral, el rugido de una fiera a punto de matar, el estertor final de un neandertal despellejado por una piedra afilada. War. Una de las palabras más sencillas del idioma inglés en donde la A puede alargarse indefinidamente y en donde la R  final la refuerza y le da carácter. War. Cualquiera puede pronunciarla y gritarla a placer aunque no hables el idioma.

War es una palabra ideal para ser pronunciada por un bebé. Acaso el chillido de un lactante podría enunciarla: Waaaaaarr.  Tal vez es una manera de llamar a mamá en las noches de cólico: Waaaarr. Si tu lengua materna es el español acaso te tardarás algunos años en poder pronunciar por vez primera la palabra guerra, pero war parece ser un sonido anterior al lenguaje. Miles de años antes de improvisar un dialecto, el homo sapiens sabía guerrear. La guerra es mucho más antigua que la palabra. Comer, matar, fornicar, sobrevivir. Por miles de años no hicimos otra cosa. Una expresión como war  debe emerger de esa oscura noche de los tiempos.

La guerra es inherente a la humanidad. Ha estado presente en todas las culturas, en todas las épocas y en todas las regiones. Algunas civilizaciones de la antigüedad fueron vocacionalmente guerreras y perfeccionaron hasta la sofisticación sus armamentos y estrategias. Entre los ríos Tigris y Éufrates, los diversos pueblos que habitaron en la antigua Mesopotamia hace más de 3 mil años impusieron la ley de la sangre hasta que llegó Persia, ancestro del actual Irán, a someterlos a todos para después seguir su expansión hacia Grecia donde se topó en las Termopilas con otra cultura nacida para la guerra, Esparta. Siglos más tarde, Roma mostraría al orbe el más alto grado de avance en estrategia militar, tecnología de guerra y organización de un ejército. Las conquistas romanas generaron la primera globalización de nuestra historia.

Desde entonces nos acostumbramos a que cada gran transformación de la humanidad va acompañada de la guerra. Incluso aquellas grandes catarsis del pensamiento y las artes, como el Renacimiento y la Ilustración, surgieron o desembocaron en conflictos bélicos. En algún momento, a finales del Siglo XIX y principios del XX, la filosofía positivista llegó a plantear que la humanidad había logrado superar la guerra. El derramamiento de sangre formaría parte del relato de un hombre primitivo, pero en el verano de 1914 la realidad nos escupiría en la cara y entre las trincheras y los gases quedó claro que la guerra estaba más vigente que nunca.

Cuando se firmó el Tratado de Versalles, el presidente estadounidense Wilson llegó a proclamar que aquella había sido la guerra para terminar todas las guerras y el mundo occidental buscó la manera de blindar su frágil e imperfecta paz. Fracasó rotundamente. Nunca desde la aparición del homo sapiens murieron tantos millones de seres en un campo de batalla como en el Siglo XX. ¿Será superable la guerra en el Siglo XXI? Nada hace indicarlo. Un twit de Trump basta para desatar un holocausto en Irán mientras los mexicanos seguimos inmersos en nuestra absurda guerra del narco sin que los abrazos logren inhibir a los balazos. La palabra WAR parece tener un pacto con la eternidad.