Volar para valorar

Por Dionisio del Valle

 

Viajar nos ayuda a apreciar lo que tenemos en el lugar en donde vivimos y también, por supuesto, a darnos cuenta de aquello que carecemos. La ciudad de Querétaro empieza a sufrir algunos de los problemas propios de un sitio que crece a pasos acelerados. Y no es sólo esa hermosa ciudad del centro del país sino toda la región que la envuelve, esa pujante área de México conocida con el bello nombre de El Bajío.

La bienvenida a la ciudad, apenas sale uno del aeropuerto, corre a cargo de dos íconos de la modernidad que asoma sin el menor recato a los ojos sorprendidos del visitante: la llamada Universidad Aeronáutica de Querétaro y una de las plantas más grandes de ese monstruo de la alta tecnología mundial que es Bombardier Aerospace .

Esta ciudad que crece a un inusitado ritmo del 10% anual, navega de la mano de sus hermanas y vecinas quienes conforman lo que ahora llamamos el centro neurálgico de México: León, Irapuato, Guanajuato y Aguascalientes, por mencionar  las más conocidas. Aun así, la entidad conserva su centro histórico con la meticulosidad de un obsesivo-compulsivo. 

Transitar por sus callejones peatonales visitando sus innumerables plazas y plazuelas es una especie de viaje a través del tiempo. La nostalgia lo invade todo en un lugar como éste, cuando tu historia personal rebasa el medio siglo.

Un globero se pasea con su ramillete de esferas multicolores, mientras el organillero llena con su música el aire de la plaza. Los dos nos recuerdan que podemos vivir sin aipods y aipads, por lo menos el inapreciable momento que tenemos el privilegio de verlos y escucharlos. En el corazón de la ciudad no hay lugar para ambulantes, mucho menos para quienes, por la razón que sea, deciden hacer de la calle su hogar.

Los puestos callejeros, al estilo de las isletas comerciales que podemos ver en cualquier centro comercial de San Diego, se asignan por personal del Ayuntamiento de manera clara y transparente, sin que medie dádiva de por medio, sino a través del cobro de cuotas que benefician a la misma ciudad y siempre y cuando se cumplan las estrictas reglas de orden y limpieza previamente conocidas.

Fuera de éste pequeño paraíso la ciudad late a mil por hora, crece a cada instante y nuevos edificios, vialidades y negocios florecen por aquí y por allá. Es el México que quisiéramos ver replicado. No se ven mercados sobre ruedas, ni food trucks  compitiendo con ventajas evidentes sobre los negocios establecidos. Un día de ese jolgorioso fin de semana un restaurante llamado Río Quintana nos recibe.

Disfrutamos platillos que no son comunes en nuestra península. León Lugo, capitán del barco, nos ofrece orgulloso un  vino de su hechura, un vino elaborado con uva Zinfandel en la Vinícola el Retorno, del Valle de Guadalupe. Un homenaje a su padre, concebido en nuestra tierra.

Somos capaces de crear sentimientos y alegrías y exportarlos en forma líquida. ¿Seremos capaces de adoptar lo bueno que vemos a cambio?