Vivir sin permiso

Por El Recomendador

La televisión española es heredera del viejo y castizo talento narrador del novelista de España. Ha sabido sacar jugo de la actuación de carácter, así como del teatro que se hace entender entre el público, al haber aprendido a hablarle en necio. Hoy, ese público de los buenos burgueses está ávido de historias y representaciones. Descansa volviéndose adicto a las series exitosas. El primer lugar lo ocupan los ingleses y, detrás de ellos, los españoles. Y si alguien lo duda, que vaya a los índices de las estadísticas de la audiencia y también al oportunismo con el que se otorgan los premios que más que la calidad artística y el talento en sí, en lo que más se fijan es en el grosor de la audiencia; es decir, en lo que vende más, con independencia de toda otra consideración.

Los ingredientes de moda son evidentes en “Vivir sin permiso”. El gran público compra historias de narcos exitosos. Sea cual fuere el gusto real que tendría la gente con buena educación para el arte novelístico y cinematográfico, las cadenas de televisión son adictas a estas historias con ese primer ingrediente predominante.

El segundo es quizá la ambigüedad del padrino que tiene familia y tratan de compaginar la brutalidad de sus crímenes con el amor sentimental a los suyos. La tensión narcotráfico, vida de patriarca, se resuelve en la síntesis esquizofrénica que quiere justificar al asesino perverso, elegante, con buenos sentimientos, con una especie de padrino bueno, en este caso gallego.

La simpatía de la audiencia está con el estilo elegante y la atracción de una vida con la nobleza sui géneris del bon vivant. Esta síntesis la logra el gran actor que es José Coronado sosteniendo toda la primera temporada de la serie en el papel de Nemo, un potentado que hizo fortuna con el Narcotráfico y que logró lavar su dinero y convertirse en un gran empresario con todas las características exitosas del “buen padre de familia” que sigue las indicaciones empresariales que tanto recomiendan los libros de autoayuda. A esto cabe agregar el sensacionalismo, las sorpresas, lo mismo da una traición inesperada, una perversión sorpresiva, una masacre refinadamente cruel o el voyerismo de cópulas fingidas, de preferencia homosexuales.

El género telenovela convencional está como leitmotiv de esta serie mantenida hábilmente en segundo plano, pues el primero es el alzhéimer que trata de posponer el protagonista; y, el segundo, la lucha de herederos perversos y malcriados librada en superlibre.

Y como todo lo que funciona con tan buen índice de audiencia o rating hay que mantenerlo intacto: intentar conciliar el narcotráfico con los conflictos familiares, con el padrino bueno al que conmueve tanto el progreso de su ciudad y el apapacho a los pobres. Pronto vendrá la segunda temporada que tratará de combatir al mal dicho de que nunca las segundas partes fueron buenas.

Si en los gustos del lector todavía hay lugar para más narcotráfico encimado a una trama telenovelera, busque y vea esta serie, lo entretendrá, a condición de que no le dé por hacer crítica a fondo y exigir calidad literaria en las series que elige ver.

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