Vivir fuera de México

Por Dianeth Pérez Arreola

Bien dicen que vivir en el extranjero es cosa de valientes. Los que estamos fuera nos pasamos añorando un país que dejó de existir desde el año en que lo dejamos y lo que hacemos es recrearlo en nuestros recuerdos como una película que vemos una y otra vez y se vuelve vieja con el paso de los años sin darnos cuenta.

Modificamos el país que dejamos de acuerdo a nuestras necesidades de nostalgia o consuelo, alternando el “allá esto es mejor” con el “allá esto es peor” en cada situación que nos saca de balance y nos enfrenta con una realidad diferente.

Los estudiantes entran en otra categoría. Para ellos el exilio es temporal y hay un boleto de regreso; nadie disfruta más un país ajeno que el que sabe que regresará. Ellos quieren beberse esa nueva cultura de un sorbo y disfrutan de cada segundo de esa aventura con fecha de caducidad.

Los que nos quedamos y no tenemos para cuando volver, contamos el tiempo en número de visitas; las que hacemos nosotros a México o las que nos hacen acá. Son las estaciones que marcan el avance del año y a veces el cable de seguridad que nos ata al corto plazo.

Cuando llegamos pensamos que todo sería más fácil. No consideramos que sería difícil encontrar trabajo, o que no sentiríamos ninguna afinidad con la familia política, o que la nostalgia nos pasaría una factura tan cara, o que el trabajo que nos trajo aquí no sería como creímos, o que hacer nuevos amigos sería tan complicado o simplemente que no somos tan valientes como pensábamos.

Fuera de México hay  calidad de vida, seguridad, tranquilidad y orden. Esas son las ventajas que nos repiten en México cada que nos quejamos de lo mucho que extrañamos nuestro trabajo, las pláticas con los amigos, la comida de nuestras madres, las fiestas familiares, los lugares a los que solíamos ir; o lo que es lo mismo, lo mucho que extrañamos ser quienes éramos antes de irnos.

No es que nos arrepintamos que haber tomado las decisiones que nos llevaron hasta donde ahora estamos, no. Estamos donde debemos de estar y este es nuestro lugar en el mundo al menos por ahora, pero cuesta tiempo entenderlo, aceptarlo y finalmente disfrutarlo.

Dicen que nadie es completamente feliz; que cuando todo está bien en un aspecto, algo falta en otro. Creo que la inconformidad es esencial para avanzar, y entre los expatriados sobran ejemplos de cómo esta inconformidad o este “no sentirse completos” nos ha hecho hacer cosas que nunca imaginamos: dominar otro idioma, cambiar de profesión y estudiar otra cosa, volcarse al trabajo voluntario o convertirse en empresarios.

Al final creo que ese “algo” que nos falta es algo que no tiene arreglo. Es la tristeza de no haber estado presente en eventos significativos de nuestra familia y amigos: fiestas, nacimientos, bodas y funerales. La vida sigue su curso, estemos en el país que sea. Si, vivir fuera es cosa de valientes.

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