Vivir en paz: Educar para la paz

Por Manuel Alejandro Flores

La inseguridad en Tijuana pasó a ser tema de segundo orden en la agenda pública derivado de la crisis sanitaria. Los tijuanenses hoy estamos más preocupados por el tema de la pandemia que por la inseguridad rampante que asola nuestra ciudad. Tenemos miedo de que la economía no se reactive pronto, pero en realidad, el indicador más aterrador con el que podemos medir qué tan seguro o inseguro es vivir en una ciudad es el de los homicidios dolosos: Al momento de escribir este artículo más de 750 en Tijuana (casi 5 diarios) y mil en Baja California. Podemos pensar muchas cosas al respecto, pero ¿qué justifica que alguien le quite la vida a una persona?, ¿negocios ilegales?, ¿ajuste de cuentas?, ¿ira?

Vivimos en sociedad por naturaleza. Nos organizamos como comunidad para vivir mejor. Creamos leyes que aseguren que nuestra convivencia sea en el marco de acuerdos y consensos, considerando que la ley debe ser pareja para todos. Establecemos una organización política democrática, como marcan las leyes fundamentales de nuestro país y tenemos un gobierno, en distintos órdenes, para principalmente vivir en paz, seguros de que podemos hacer nuestra vida sin la preocupación de que alguien pueda venir a arrebatarla, de poder andar transitando sin el temor de un tiroteo o una persecución o de que nuestro patrimonio se vea afectado por robos o daños.

Algo no está funcionando en el gobierno. No está siendo capaz, al menos en Baja California, de cumplir con su propósito principal de brindarnos seguridad a quienes vivimos aquí. Como empleado de un importante grupo educativo a nivel nacional, cuando veo lo que me descuentan por impuestos y todos los impuestos que pago al consumo, caigo en cuenta que casi la mitad de mis ingresos se van en eso; en aportar a mi comunidad a través del gobierno para que nos brinden diferentes servicios y entre todos el más importante: Seguridad. Sumado a que esta facultad de usar la fuerza, por ejemplo, es monopolio del gobierno, porque no se vale o está fuera de la ley hacerse justicia por propia mano, como ocurre en algunas regiones de nuestro país, como ocurrió con los más de 750 asesinados en Tijuana en lo que va de este año.

Cuando ocurre un delito a muchas personas les da miedo denunciarlo. Es cierto que los homicidios dolosos se persiguen por oficio, pero hay una percepción en la comunidad de que las autoridades que están para servirnos y brindarnos seguridad están coludidas con criminales. Esta percepción es añeja y parte de muchas noticias en donde, desafortunadamente, elementos de corporaciones policiacas han sido ubicados como miembros o apoyos de criminales. En el fondo el problema es que, a pesar de los esfuerzos de los distintos órdenes de gobierno por dar estructura a las corporaciones policiacas, éstas parecen rebasadas en sus capacidades por la criminalidad y omisas en muchos casos del cumplimiento de sus funciones.

No es sólo un tema de efectividad, debemos cuestionarnos sobre el lugar que ocupa en la sociedad un policía, sobre los beneficios y dignidad profesional que tiene al serlo y sobre los riesgos y seguridades que se le brindan para que haga su trabajo. Lo mismo ocurre con las policías de investigación, rebasadas por la ola delincuencial, difícilmente se llega a dar con responsables de delitos que son denunciados o perseguidos oficiosamente. De por sí son pocos los que se animan a denunciar, los que lo hacen saturan el sistema y al parecer los ministerios públicos no son incentivados para cumplir con su tarea de investigar para dar con los responsables de cualquier delito y consignarlos a la autoridad judicial competente.

¿Qué nos toca hacer como ciudadanos para una sociedad más justa y pacífica? Hay mucha mies y pocos operarios, sin embargo, considero que algunas acciones son clave: 1. Exigir. Ser exigentes con la autoridad correspondiente. Nadie obliga a un alcalde, gobernador o presidente de México a serlo. Si quieren estar en la “cosa pública” deben mostrar probidad para ejercer el cargo, lo primero es brindarnos seguridad efectiva y hacer que las policías sirvan a la ciudadanía de manera ejemplar. 2. Educar. Somos los padres de familia y las escuelas las que tenemos una gran responsabilidad respecto a formar actitudes democráticas que construyan paz: aprender a dialogar, aprender a tolerar y respetar puntos de vista distintos, respetar la ley y dedicarnos a actividades legales, el trabajo bien hecho y el esfuerzo por conseguir metas son cosas que se forman en casa y en las escuelas. No hay mejor programa que el que se construye para hacerle saber a los hijos o alumnos que hay límites en nuestra actuación y que la dignidad de una persona, sea quien sea, merece todo nuestro respeto. 3. Prevenir. Organizarnos con nuestros vecinos para que la colonia sea más segura, establecer valores sociales a formar y crear ambientes de sana convivencia y desarrollo social es el camino para darle la vuelta al tema del crimen. La mejor prevención es una buena educación que genere una percepción de que delinquir no es una opción para quien quiere una vida digna y en paz.