Visita a Vinotelia en León, Guanajuato

Por Adriana Zapién y Valente Garcia de Quevedo

Le dije a Adriana que esta semana hablaría de mi última, y grata, visita al estado de Guanajuato. De nueva cuenta, mi colega sommelier y amiga Ana María Arias, quien es líder de opinión en el Bajío, volvió a requerir de mis servicios en la capital del calzado.

Se hicieron los arreglos pertinentes y muy temprano por la mañana partí de Tijuana hacia León, Guanajuato. Después de un vuelo sin incidentes aterricé en el aeropuerto del Bajío, que se encarga de servir a varias ciudades de la región, y no cerca de ninguna. Ya me esperaba en la puerta mi estimada Ana María.

Ella, de nacionalidad colombiana pero afincada en nuestro país desde hace muchos años, me recibió, como siempre, con una gran sonrisa me indicó que estaba en territorio amigo y nos dedicamos a conseguir vinos para la clase de la tarde.

Después me llevó a conocer el lugar donde daría la sesión en esta ocasión, la Escuela de Vinos Vinotelia. En ella se intenta preparar de manera profesional a personas entusiastas por el vino en todo el estado de Guanajuato, con el que por cierto tienen convenios de colaboración con el sector vinícola. De esta manera se preparan ahí muchas de las personas que posteriormente trabajarán en los restaurantes y vinícolas de la región, o que simplemente, tienen un interés por aprender sobre vinos.

De ahí un grupo de amigos que aprecio mucho -gracias José Luis y Eduardo- me invitaron a un lugar a comer mientras llegaba la hora de iniciar clases. A la hora pactada arribé a la sala donde impartiría ese día, y como Embajador de los Vinos de Jerez en México, una clase sobre este apasionante tema.

Mi amiga se esmeró tanto en los vinos como en el material que los alumnos recibirían, así como en los maridajes correspondientes.

Adicionalmente, además de Jerez, platicamos con los alumnos sobre la Historia del vino de Oporto, con material que me fue proporcionado en el Consejo Regulador en mi último viaje a Portugal. Fueron comensales muy atentos y en todo momento me hicieron preguntas interesantes sobre los temas expuestos, pude ver gran interés de todos los participantes. Mi colega Ana María siempre atenta a todos los detalles y atendiendo mi exposición.

Al terminar pudimos probar un fino de Romate, que siempre me ha parecido uno de los jereces más ligeros que podemos encontrar en México. Después descorchamos un amontillado de Lustau que nunca defrauda, e hicimos un pequeño ejercicio comparando ambos vinos con el jamón serrano que nos fue proporcionado. Las aceitunas también nos ayudaron a comprender la complejidad de estos vinos fortificados.

El siguiente en turno fue un madeira 10 años, seguramente de la uva negramoll, que representa el 85 por ciento del cultivo en la isla. Y no podía faltar un Pedro Ximénez con todo su dulzor, que ya de por sí es un postre por sí mismo.

Pero la estrella de la noche fue un Oporto Tawny 20 años, de la colección personal de la Sommelier, que ese día le hicimos los honores y del que no quedó ni una sola gota. Una vez cumplidas nuestras obligaciones nos retiramos a descansar, con la tranquilidad de haber cumplido nuestro deber, y espero, haber convertido a nuevos entusiastas a los vinos fortificados.