Vino por copa

Por Dionisio del Valle

Nunca he entendido por qué los restauranteros le tienen tanto miedo a la venta de vino por copa. Una de las formas más sencillas, recomendables y seguras de promover la venta de vino es haciéndolo así, sin obligar a que el consumidor tenga que zamparse toda la botella o deba salir con lo que quedó de ella en una bolsa de papel, corriendo el riesgo de que algún conocido que pase por allí le atribuya el nada distinguido calificativo de “teporocho”. Fíjense ustedes.

Cuando en un restaurante nos venden una botella que cuesta, digamos 400 pesos y también se atreven a ofrecerla por copa, cada una de ellas deberá costarnos 100 pesos, ya que el restaurantero debe sacar cuatro copas por cada botella. Solo unos pocos restaurantes en la ciudad hacen eso, pero cuando se han decidido, la regla de oro es que cueste lo mismo exactamente comprar la botella que comprar cuatro copas de vino. Así las cosas, el restaurantero recupera lo mismo aunque en partes y el riesgo que corre es mínimo. La mayor tragedia es que se le quede la botella a la mitad o que solo se haya consumido una copa de la misma, lo que es muy poco probable que suceda. Un amigo restaurantero, muy práctico él, suele decirle a quien le pide sólo una copa de vino en la comida o en la cena, lo que no se tomen me lo tomo yo. Y es que si se van descorchando botellas según se vaya necesitando, insisto, el riesgo que se corre es casi ninguno. Y ahí es donde irrumpe con toda la sensatez de que es capaz nuestro amigo el sentido común.

Si estoy empezando a promover el consumo de vino en mi lugar, tengo que hacerlo con dos opciones nada más, no se trata de descorchar veinte botellas como el lechero de la esquina, no señor, de una en una y hasta que se acabe. A lo mucho una de tinto y una de blanco o rosado para que haya cierta variedad. Ahora que si a esta oferta le agregan un par de opciones de medias botellas de tinto o blanco (375 mililitros) el asunto mejora en variedad.

Pensemos en tanta gente que se para en un restaurante, sola, todos los días, porque no le da tiempo de llegar a su casa, porque tiene que regresar temprano al trabajo, porque su pareja no cocina  o por lo que ustedes gusten y manden. Bajarse así nomás y de un tirón 750 mililitros de vino no es cosa fácil, cuantimás si nos esperan en una junta a las 4 de la tarde y nosotros somos los oradores principales. Además, no hay dinero que alcance para andar en esos divertidos trotes todos los días de la semana, ustedes dirán.

Entonces, señores restauranteros, con su perdón pero no sean cerrados de entendederas y apuéstenle al wine by the glass como dicen los güeros y los morenos. Yo les aseguro que les va a ir muy bien. Por ejemplo, una de las cosas más divertidas de trabajar el vino así es que se pueden hacer recomendaciones para maridar tal copa con tal platillo, en especial cuando el restaurante tiene una amplia variedad de opciones, como sándwiches, tortas, tacos, pollo, carne, pastas, pescado etcétera. Y la gente puede empezar a probar distintos vinos con diferentes platos, lo que va a redundar en mayores ventas para el local en cuestión.

Ahora vemos con tristeza cómo algunos restauranteros desalmados, sobre todo en la ciudad de México, de plano prohíben el descorche en sus locales, obligando a los comensales a pagar los elevados precios de sus vinos. Lo que en realidad están haciendo es frenar el crecimiento del consumo de vino en nuestro país. Una excepción digna de ser mencionada es la del grupo restaurantero Angus, que no cobra descorche si el vino que usted lleva a sus restaurantes es de origen mexicano. Los chilangos ya aventaron la primera piedra, a ver quién dice yo de éste lado. ¿O no somos el corazón del vino mexicano?  Si alguien tiene un amigo restaurantero pásele el recorte del artículo o, es más, no se lo pasen y díganles que la idea fue suya, si me preguntan algo les digo que yo no sé nada.

 

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