Vino de más

Por Dionisio del Valle

No siempre producir mucho de algo es bueno, sobre todo cuando el mercado reacciona con cautela o, lo que es normal, se aprovecha de la sobre oferta para ajustar los precios a su favor. Y no estoy hablando de petróleo sino de vino. Hace unos pocos días la Unión Europea anunció el final del sistema de derechos de plantación de viña que imperó, por consenso de las naciones involucradas, durante los últimos 30 años. El asunto es complejo. Europa ha estado cuidando que los viticultores de los países productores de vid no se salgan del huacal, plantando más viñedos que los que permiten las cuotas basadas en truculentos y complicados cálculos cuya finalidad es hacerla de rey Salomón para que todos queden conformes y ningún país perjudique a otro en un balance que se antoja un poco artificial. La realidad es que los tiros han salido por la culata y los caprichos del mercado, sumados a la creciente participación de los vinos del nuevo mundo, han demostrado que andarle haciendo a la OPEP en cuestión de vinos, ha sido más perjudicial que benéfico.

Les cuento. Había una vez un mundo bien bonito y muy tranquilo en el que el vino que rifaba era el europeo, en todo el mundo. Francia, España e Italia eran algo así como los tres tenores, ni quien les hiciera cosquillas. Dominaban, entre los tres, casi dos terceras partes de la producción mundial de vid y el 80 por ciento de las exportaciones de vino al resto del mundo y estamos hablando de hace apenas 40 años, más o menos. Ahora viven en un condominio geográfico con otros vecinos, unos ricos, otros endeudados y uno que otro quebrado y han tenido que ir aprendiendo a convivir entre ellos, a pagar sus cuotas y a respetar el reglamento de condóminos. Además, poco a poco, desde entonces, nuevos protagonistas se han subido al tren de la industria vinícola: Estados Unidos, Chile, Argentina, Australia, Sudáfrica y China. Otros, tradicionales acompañantes de la industria europea, como Alemania, Portugal y algunos países de la Europa Oriental, se han modernizado y tomado un segundo aire que los vuelve a hacer visibles a los ojos del mercado mundial de vinos.

Hasta el 31 de diciembre del 2015 los mecanismos de la Unión Europea, a través de sus Consejos Agrícolas, otorgaban cuotas de producción basados en cálculos que obligaban a los países miembros a su cumplimiento, ya sea permitiéndoles incrementos en las superficies de plantación u obligándolos al llamado “arranque de viñedos” para disminuir su capacidad productiva. Países ricos, finalmente, ofrecían incentivos a los que arrancaban viñedos, pagando en metálico la inactividad agrícola de aquellos agricultores que accedían a dejar de plantar vides para que su país pudiera cumplir con sus cuotas máximas de producción. A partir de este año los interesados en participar en el nuevo sistema deberían cumplir con algunos requisitos, como la reconversión de derechos previos, por sustitución de tierras en las que se hayan arrancado viñedos con anterioridad o como solicitantes de una cuota que, a partir del 2016, sería como máximo, el equivalente al 1% de la superficie plantada hasta julio del 2015.

Muchos productores piensan que, si bien es cierto habrá posibilidad de crecer la superficie de viñedos en Europa, no será suficiente para atender la demanda mundial. En realidad, lo que está pasando, es que los países del Nuevo Mundo, sin Denominaciones de Origen, sin Consejos Reguladores y sin compromisos de cuotas de producción, ya que no hay ley que los restrinja o los obligue a nada o a casi nada, están abarcando, cada día con más enjundia y éxito, la conquista del mercado consumidor de vino a nivel mundial y, lo que es más preocupante para las empresas del Viejo Mundo, elaborando vinos para los nuevos gustos, sobre todo entre los consumidores jóvenes, los llamados Milenials (siguiente generación después de los babyboomers).

En el caso de España, por ejemplo, las nuevas reglas parecen ser un arma de dos filos: por una parte, consideran adecuada la posibilidad de crecer, aunque sea poco a poco, para competir en el exterior (para España, que cuenta con 1’030,000 hectáreas plantadas de vid, crecer 1 por ciento significa aumentar 10 mil hectáreas por año y si consideramos que el nuevo modelo estará vigente, por lo menos hasta el 2030, estamos hablando de unas 150 mil hectáreas más, equivalente a todo el viñedo chileno, para darles una idea. En este momento, se supone, existen ya unas 70 mil hectáreas aptas para el cultivo de la vid, en espera de una oportunidad para empezar a ser explotadas, lo que quiere decir que algunos ya están haciendo fila, por lo menos en el caso español.

El asunto no se ve fácil porque no todo es sumar dos más dos. Actualmente, y vuelvo al ejemplo español, hay empresas vinícolas con sobre producciones enormes que están prácticamente regalando el vino a granel a importadores de países que están encantados de pagar a un euro un litro de vino, para luego comercializarlo a precios muy económicos entre consumidores poco exigentes y muy malinchistas. Por otro lado están los pequeños productores, como el caso de las bodegas gallegas que producen los extraordinarios vinos elaborados con la variedad Albariño, que quisieran (y podrían) acceder a mercados muy atractivos y poco explorados. Hacer tabula rasa y pretender agarrar parejo en una industria donde hay chiquitos, medianos, grandes y gigantes es correr riesgos incalculables, sobre todo en un sector tan vulnerable y complejo como el del cultivo y proceso de la vid. Algo habremos de aprender nosotros de todo esto.