Viento fuerza ocho

Por Dianeth Pérez Arreola

Hace tiempo alguien me platicó sobre un western donde una mujer terminaba matándose porque el viento la volvió loca y se la pasaba barriendo. Ahora no me parece un motivo tan descabellado.

El viento tiene ya un par de semanas en Países Bajos. Aquí lo miden en una escala del uno al doce. Ahora mismo es fuerza ocho, que significa que alcanza hasta 74 kilómetros por hora. La última categoría son vientos de más de 117 kilómetros por hora.

No por nada este país estuvo lleno de molinos de viento y ahora de parques de energía eólica. Hay más de 2 mil turbinas en esta pequeña nación de 41 mil 500 kilómetros cuadrados. Como referencia, el municipio de Ensenada, Baja California, es 10 mil  kilómetros cuadrados más grande.

Pero aparte de la electricidad, el viento produce escenas trágicas y cómicas en este país que de hecho tiene más bicis que habitantes.  Al año, los 13 millones y medio de ciclistas holandeses recorren unos 900 kilómetros, que debe ser el mismo número de maldiciones anuales que provoca pedalear cuando está lloviendo, haciendo viento o las dos cosas.

Si de por sí cuesta trabajo subir puentes camino a la escuela o al trabajo, con fuerza ocho cuesta el doble. Y como dicta la Ley de Murphy, el viento siempre está en contra. Los carriles bici pueden ser independientes o ser parte de las calles, y en este último caso hay que tener cuidado de no ser empujado por el viento hacia los carros que pasan cerca o hacia la banqueta. Ya puestos a elegir, siempre es mejor caerse que ser atropellado.

Aquí son raros los días sin viento o con una leve brisa. La escala siempre oscila entre cortina de aire de entrada de supermercado y huracán caribeño, por eso los adornos sonoros de jardín son tabú. Este también es uno de los países más densamente poblados del mundo, así que lo que suena en tu jardín lo escuchas tú y cincuenta vecinos, sea un adorno, un fierro suelto, un balde de plástico o una maceta desocupada.

El viento se escucha en todas partes y por lo general, en las noches aumenta su fuerza. No es un sonido adormecedor o constante como la lluvia; es un lamento que va del susurro al grito y viceversa. Hace crujir los marcos de las ventanas, silva en las rejillas de ventilación y parece que la casa saldrá volando en cualquier momento.

No he conocido todavía a un holandés que tenga insomnio a causa del viento. Debe ser como la gente que vive junto a las vías y ya ni siquiera nota cuando pasa el tren. ¿A los cuántos años se acostumbra una al viento?

Compartir
Artículo anteriorAmor de oficina
Artículo siguienteLa machocracia académica