Viajar para comer y aprender

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Ya hemos platicado que las personas viajan por muchas razones y algunas lo hacen para comer. Desde escapadas de fin de semana hasta las vacaciones con periodos más largos estos viajeros dedican una gran parte del itinerario en comer como si de la visita a un museo se tratara. Igualmente en contraste a otros les da lo mismo comer hamburguesas ya sea porque son prácticos o porque su gusto alimenticio está limitado.

Segurísima estoy que al estar leyendo esto, muchos esbozaran una sonrisa recordando todas esas veces que apartaron una gran parte de su presupuesto para comer las delicias que solo podrían disfrutar en un destino específico. Valente es uno de ellos.

Los viajeros golosos pondrán en su lista de deseos, sentarse a las mesas de reconocidos cocineros o visitar ciudades con movimientos culinarios que los convierten en destinos imperdibles. Un ejemplo es nuestra Baja California que entre Tijuana, Ensenada y Tecate  completan un triángulo culinario que puede dejar al turismo las ganas de regresar.

Vale la pena mencionar que dentro de esa categoría de viajeros los hay desde los muy sofisticados hasta los que les gusta visitar los mercados, donde se encuentra lo más auténtico y tradicional ; sin embargo, los viajeros gastronómicos están evolucionando y se hacen consumidores más responsables junto con los consumidores locales.

Con eso de que nos estamos acabando el mundo, la tendencia es sumarse a las acciones sustentables que surgen con movimientos que apoyan todos los temas que tiene que ver con los alimentos y su producción. Florecen con tantas variantes como el respeto al producto, el mercado justo, el cultivo orgánico, el producto libre de jaula y muchos más (les recomiendo que profundicen en esto).

Fue en el País Vasco y en Cataluña que entendí lo que era el movimiento Slow Food el cual ya había mencionado en un artículo pasado, explicando que no solo significa que la procedencia de los ingredientes sea local y valorar la calidad de cada uno; sino vivir el momento; comer despacio y  disfrutar.

Cabe mencionar que este movimiento nació en Italia y hoy en día está extendiéndose por todo el mundo. Los restaurantes que se suman a este movimiento colocan en su exterior las placas que indican que es un establecimiento kilómetro cero. Distintivo que se entrega anualmente a los cocineros que se suman a la cadena de consumo responsable. Es decir que trabajan con productores y productos que estén establecidos a menos de 100 km.

En la ciudad de Bilbao en el País Vasco además de ser la zona donde se ha desarrollado una de las mejores cocinas del mundo, cocineros y consumidores toman conciencia del consumo responsable. Así complementario al kilómetro cero de Slow Food  tienen el premio Slow Arrain que distingue a los cocineros que trabajan con pescado de temporada, sostenible y procedente del golfo de Bizkaia. Con esto promueven los hábitos saludables que contribuyan a poner valor a los productos del entorno más cercano

Hace dos semanas les platicaba de la gran enseñanza que fue aprender más sobre Responsabilidad Social Empresarial y me da gusto conocer a este tipo de cocineros y consumidores que con estas prácticas contribuyen a varios de los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentables (ODS) de la ONU. De entrada puedo decir que identifico tres ODS: “Producción y Consumo Responsable”; “Vida Submarina”; “Vida y Ecosistemas Terrestres” y “Trabajo Decente y Crecimiento Económico”. Este último apoyando a la economía local y con un comercio justo. La invitación es seguir sus pasos porque el mundo va para allá.