Ventilando diferencias

Por Dianeth Pérez Arreola

El 23 de enero pasado, el museo Kranenburgh, en el norte de Holanda, organizó una visita muy especial a la exposición “Desnudo, el cuerpo vulnerable”, pues con ese nombre qué mejor que acudir sin ropa, pensaron los organizadores.

El programa de tres horas incluyó unas palabras de bienvenida de la directora del museo -vestida, por cierto-, la visita a la exhibición y para concluir, bebidas en el restaurante del lugar. Para esto último había que ponerse la ropa otra vez, pues supongo que solo la calefacción de la sala donde pudieron apreciar la exhibición trabajó horas extras en pleno invierno para confort de los visitantes.

La experiencia de ir desnudo al museo costó veinte euros, y se hizo en colaboración con la Federación Naturista Holandesa, a la que uno se puede unir por 29.75 euros a año y recibir revistas, descuentos e información sobre los eventos que realiza esta organización para sus… miembros.

En el calendario de la federación se anuncia ya el 4 de mayo “Día Internacional de hacer jardinería al desnudo”, organizado por primera vez en 2005 por un grupo naturista de Estados Unidos, seguramente en alguna ciudad donde no se dan los cactus. Para el día once de ese mismo mes la federación anuncia también que habrá un torneo de petanca, un juego de pelotas que piensan jugar en la más absoluta de las redundancias.

Bueno, volviendo a la visita al museo, el noticiero de la noche hizo una nota al respecto y dos cosas llamaron mi atención: que los pocos visitantes que acudieron son mayores de 50 años y que algunos traían zapatos. Estas dos características en apariencia inconexas entre sí, me dicen que los nudistas holandeses son más dados a ventilar sus diferencias cuando sus bonos ya están abajo y que mostrarse sin ropa les causa menos conflicto que tener frío en los pies.

Otra cosa curiosa es que todos los visitantes traían el teléfono en la mano. Supongo que las llaves de su carro o bicicleta las dejaron en los bolsillos de sus chamarras. Esta iniciativa de ir desnudo al museo no es la primera en su tipo, pues son varios los museos holandeses y europeos que lo han hecho.

Quizá lo más emblemático y chocante para otras culturas no europeas, hablando de desnudos en Holanda, sean sus spas. Aquí hay que entrar sin ropa y además son mixtos. Los holandeses van con su familia, amigos o colegas al spa y consideran la cosa más normal del mundo estar sentados en el sauna o nadando en la alberca rodeados de gente desnuda que no conocen, viéndose a los ojos y cerrando la faena con una visita al restaurante del lugar para comer bitterballen y frikandel.

Para quienes nunca iremos al museo o al spa, tenemos nuestra propia terapia forzada de desensibilización a la angustia de estar desnudo: la visita al médico. Se trate de revisar una rodilla, algún lunar sospechoso en la espalda o un examen para detectar el cáncer, el médico o la asistente esperarán a que nos quitemos la ropa frente a ellos, sin ninguna cortina ni bata que nos haga sentir menos vulnerables. Cosas del primer mundo.