A veces guardo al silencio con mis suéters de toda ocasión

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Hay veces que me gusta que la vida llegue a callarme la boca, como un buen baldazo de agua fría me despierta, me aterriza, me muestra como el mundo y sus habitantes son tan contradictorios, como justo cuando uno se jacta y cree saberlo todo y tener los cálculos de la tierra misma y sus predicciones, ¡zaz! Pasa la vida y el día y cambio todo, llega como sorpresa otra realidad cual mundo paralelo, cual dimensión desconocida.

Muchas veces he creído saber tanto, y ese tanto también se tornó en mi contra en la misma balanza, pero distinto lado en el platillo de enfrente. Uno no carga o posee la verdad, la verdad es la eterna amante que no le es fiel a nadie y sin embargo se atreve a hablar del amor eterno con la boca tan llena y no por estar buscando romance cae redondo. La verdad es que la verdad es temporal, es convenenciera, es terca y se siente definitiva y algo de eso nos contagia y nos subimos al mundo y a momentos no hay quien nos baje.

Tantas pero tantas veces me he sentido o he creído que se de alguien y en cuestión de un solo segundo a otro dejo de hacerlo y no es, no fue y todas mis predicciones han sido erróneas, al igual que todo lo que pude decirme a mí misma o en voz alta sobre esa misma persona, pero también por otro lado, ¿por qué yo? ¿Y por qué yo gasto tiempo en definir al otro? Y esos mismos chascos y errores me los merezco y tomo. Todo cambia en un instante, el clima, la vida y, ¿por qué algo que yo defina, solo porque yo lo haga debe mantenerse de esa firma y de tal forma?, es pedir la fantasía y una fantasía muy egoísta.

Debo aprender a tomar no solo el día a día, sino lo que también cada persona me ofrece a cada instante, sin esperar más o menos, dejarlos ser libres, que amen, que dejen de hacerlo, que me traicionen y que regresen para ser leales. ¿Quién soy yo? Yo que no puedo contener una sola definición, ya me veo exigiendo al otro lo que no me exijo ni a mí misma y quiero que el prójimo sea algo constante y que por favor no me decepcione, no me defraude, esa sería la mayor estupidez, la mayor de todas, que de una manera distinta a veces me encuentro cometiendo, ¡pero bueno, ya me estoy dando cuenta!