Vaquero del mediodía 

Por Daniel Salinas Basave 

Si bien el encuentro entre Octavio Paz y el contracultural poeta Mario Santiago Papasquiaro ocurrió tan solo en la imaginación de Roberto Bolaño, la realidad es que el autor de La llama doble sí convivió muy de cerca con un bardo tan marginal y errabundo como Mario llamado Samuel David Noyola García, a quien el grupo Vuelta en su momento apapachó y tuvo entre los suyos, apadrinando su segundo poemario, Tequila con calavera.  

Paz no dudó en llamarlo “el poeta más inspirado de su generación”. A Zendejas lo atropelló un desconocido y a Noyola se lo tragaron las calles. Desapareció para siempre en 2008. Tras muchos años sin saber de él, Diego Osorno se encargó de recuperar su memoria y presentarlo al gran público de Netflix en su serie Vaquero del mediodía, donde narra la infructuosa búsqueda de Samuel Noyola por las calles de la Ciudad de México y Monterrey. El poeta carece de acta de defunción, pero hace más de 14 años que nadie lo ve. 

La historia de lo que pudo haber sido dice que el primer día de la pandémica primavera 2020 yo habría acompañado a Diego Osorno a presentar Vaquero del Mediodía en el Cine Tonalá de Tijuana, pero la entonces naciente cuarentena se encargó de torcer los planes.

Fue de los primeros eventos que nos robó el Covid y en verdad lo lamento. Vi el documental en marzo del 20 y ahora recién vuelvo verlo y sí, lo admito: me toca una fibra sensible. No solo por la aparición de personas y lugares que conozco y valoro, sino por encarnar la esencia de un naufragio cuya sombra, de una forma u otra, acecha o puede acechar a quienes han empeñado su vida en alguna forma de creación artística, una suerte de hoyo negro que los acaba devorando.

Hay creadores que viven la literatura como un ataque epiléptico, un arrebato incontrolable ante el cual es inútil todo intento de resistencia. Samuel Noyola es uno de ellos.  

Vaquero del Mediodía dialoga con Los detectives salvajes de Bolaño o con La habitación cerrada de Auster (Noyola y Fanshawe parecen hermanarse en su derrumbe y tampoco es casualidad que el apodo de Vaquero del mediodía haya sido una creación de Papasquiaro).  

Tal vez la encarnación mexicana del teporocho iluminado sea Mario Santiago Papasquiaro, seudónimo de José Alfredo Zendejas, el detective salvaje inmortalizado por Roberto Bolaño en el personaje de Ulises Lima.

Fundador del infrarrealismo, encarnación del vagabundo demente, Papasquiaro (autonombrado así en honor a la tierra natal de José Revueltas) hizo de su vida callejera el auténtico real visceralismo mientras caminaba kilómetros y kilómetros por el DF, cruzando avenidas entre carros en movimiento, llamando de madrugada a sus amigos para recitarles poemas que después olvidaba.  

Ajenos a toda noción de carrera literaria, peleados a muerte con el mundo real y repelentes a toda forma de éxito o trascendencia, los iluminados de la servilleta se limitaron a transformar en garabato el dictado de sus caóticas musas (el repentino y brutalmente honesto quiebre del ahora finado Carlos Martínez Rentería al final del documental parece sintetizarlo todo).  

Vaquero del Mediodía es un homenaje a los proscritos de la literatura, los vocacionales perdedores que en su naufragio vivieron la poesía con la intensidad que las “vacas sagradas” jamás conocieron y prefirieron consumirse antes que dormir oxidados.