Valores compartidos

Por José A. Ciccone

Sabemos que la sociedad actual está en crisis y por lo tanto, los valores que la cimentaban son puestos en tela de juicio. El ser solidarios y generosos, tolerantes, pacientes y honestos, el saber perdonar, pedir un perdón, o ser optimista, tener empatía y humildad, parece ser un decálogo en desuso.

El temor no es que, de golpe y sin aviso, nos encontremos ante la desaparición lisa y llana de éstos, sino que debemos aceptar que los valores tradicionales están siendo reemplazados por otros de nueva factura, de estructuras que corresponden más a este entrado, -por más de dos décadas-, siglo XXI.

La crisis dice presente a cada rato, pero también la oportunidad del cambio, positivo o negativo, espera por nosotros. Busquemos pues lo positivo en aquellos valores que hagan a la libertad, a la conciencia crítica, a la democracia, a la sociabilidad y a la lucha por un mundo mejor, a pesar de los pesares.

Debemos demostrar entre todos, que todavía se puede y se debe proponer una vuelta innovadora que nos despierte, que nos alerte y nos avise que el momento es hoy, así, en medio de tanto caos mundial por guerras, violencia urbana manifiesta, pestes provocadas por el descuido del medio ambiente en nuestro Planeta, al que consideramos erróneamente eterno e indestructible y del que todos somos responsables, además de los conflictos sociales de todo tipo que no encuentran soluciones oportunas, ni salidas satisfactorias.     

La formación en valores fue ganando terreno en los últimos lustros y por fortuna, generando debates renovados en los espacios hogareños, educativos y empresariales de nuestro país. Desde diversas posturas se insiste en la necesidad de ‘formar en valores’ aunque el concepto mismo es más problemático de los que muchos se atreven a reconocer. Parece hasta una postura de moda y no debe ser visto así, de ninguna manera.

Empieza por la actitud conductual de uno mismo, por las acciones que tomamos en nuestra vida en común, a lo aprendido y enseñado, a lo dicho y lo hecho, a todo aquello que pueda mostrar congruencia en todo momento y no ocasionalmente según intereses no manifiestos.

Todo pasa por la educación, ésta ha sido históricamente la que guardó un espacio de disputa en el que diversos sectores de la sociedad, pugnan por determinar el sentido que ha de tener la formación de la nuevas generaciones. Los valores que se consideran socialmente compartidos, que serán entonces el resultado de esas disputas.

Sin embargo, destacar la compleja dinámica social existente, sobre la que se sostienen las ideas y aquellos valores compartidos, no supone la posibilidad de prescindir de ellos. De hecho, la vida en sociedad, sólo es posible como vida en la cultura y en el contexto de un mínimo de costumbres compartidas. Y los valores son, en todo caso, una de las formas que asume la educación, al detonar el mecanismo de protección hacia nuestros semejantes.

Vivir en sociedad significa tener un sentido genuino de responsabilidad y una preocupación por el bienestar de los demás. Los pequeños y grandes grupos conforman una vasta red de relaciones que se sustenta en principios, leyes o normas que, incorporadas en la entramada red de la conducta social, permiten la convivencia y el tratamiento reflexivo de los conflictos que enfrenta a diario nuestra sociedad y cuando digo ‘nuestra’ me refiero al conglomerado mundial o privado que nos rodea, a corta o larga distancia, no importa. Pero la aplicación del cumplimiento de normas parece no ser suficiente, es necesario asumir una responsabilidad activa por los otros, que implica tanto el compromiso, como la voluntad en la acción y la genuina preocupación que produce la posibilidad de una omisión. 

La responsabilidad por los demás, siempre nace en la responsabilidad por uno mismo, y en la toma de conciencia de los beneficios y perjuicios que se desprenden de cada accionar con los otros, porque es en este punto, precisamente, donde se pueden producir tensiones entre los propios intereses y los ajenos, el individualismo y la cooperación. Por eso es necesario propiciar espacios para la reflexión que permitan superar las tendencias a la temida desintegración social, a través de la recuperación de valores que reinstalen el interés, la necesidad y la preocupación por la existencia del otro.