Uno es los libros que ha leído

Por Daniel Salinas Basave

Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas, dice Sergio Pitol. 

La frase irremediablemente me pone a parir ucronías. No sé cuántos libros he leído en la vida. Vamos a decir que he leído unos 2 mil 500 o 3 mil.

Imaginemos que de pronto aparece un hada o un duende y mediante un hechizo transforma esas 2 mil 500 o 3 mil lecturas en otras totalmente diferentes. Ninguna de ellas es igual. Mi disco duro neuronal se ha alterado por completo.

Por causa de ese hechizo, ahora resulta que nunca he leído a Borges ni a Cervantes ni a Poe ni a García Márquez ni a Ricardo Piglia ni a Revueltas ni a José Agustín ni a Gerardo Ortega ni a Pitol ni a Houellebecq ni a Rafael Ramírez Heredia, Tomás Eloy, Campbell, Auster o Élmer Mendoza.

Ahora en mi memoria habitan 3 mil libros que hasta el día del hechizo me eran radicalmente desconocidos. Ahora resulta que por virtud del embrujo, mi ruta como lector en 48 años de vida ha sido absolutamente distinta. Sería un navegante atravesando cartografías ignotas. 

Asumo que sin esas lecturas que me han marcado el camino, yo habría escrito algo radicalmente distinto a lo que hasta la fecha he publicado o tal vez no habría escrito nunca. En alguna medida, mi personalidad y mi manera de estar e interactuar con el mundo, está condicionada por las lecturas que me han acompañado. 

Lo mismo aplicaría para la música. Yo no sería del todo yo si en mi vida no existieran Black Sabbath, Iron Maiden o Motorhead o Charly García.

Lo mismo aplica para las calles recorridas y los viajes (pero eso será motivo de otro texto) y por supuesto las personas que amamos. Todos los días de mi vida recorro un tramo de la carretera Tijuana-Rosarito-Ensenada. He hecho ese recorrido más de 3 mil veces. ¿Y si de pronto se aparece el duende y borra la carretera escénica de mi memoria y pone en mis recuerdos mil paseos por una calle que jamás he recorrido? 

Me fascina imaginar la historia de las posibilidades no materializadas, los ex futuros, la cartografía alterna. 

Cuando muera me iré de aquí sin haber leído decenas de miles de libros que me habrían volado la cabeza y habrían provocado toda una revolución en mi interior de la misma forma que me iré sin haber recorrido mil ciudades fascinantes. 

Los libros que han llegado a mi vida y la han marcado constituyen mi personalísimo canon, pero junto a ellos marchan una infinidad de obras que jamás me será dado leer porque el tiempo simplemente no alcanzará.  

Lo que un buen lector conoce en una vida es apenas la puntita de un iceberg infinito. Sé de la existencia alabadísimos genios a los que a la fecha nunca he leído. Vaya, sé que existe La broma infinita de Foster Wallace o El hombre sin atributos de Robert Musil y sin embargo debo confesar que jamás les he metido diente y es muy posible que me muera sin leerlos. Hay decenas de premios Nobel de los que no he leído un miserable párrafo. 
Hay obras reconocidas y premiadas que jamás leeré porque no me alcanzará la vida, pero también hay un universo infinito de obras geniales cuyo nombre jamás conoceremos. Lo que trascendió, sobrevivió y alcanzó la parcial inmortalidad del canon es apenas un retazo.