Una relación extraña

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Cuando la vida nos toma por sorpresa, cuando nos avienta cosas que no sabemos digerir, amores que no sabemos procesar o siquiera ver (Y hablo de en verdad ver a la  otra persona  por lo que es y lo que nos ofrece), rechazos que no sabemos cómo tomarlos (y por supuesto que será de forma muy personal como todo), mentiras que no esperábamos que así lo fueran (aunque yo encuentro ese mundo de la mentira fascinante), enfermedades cuando se tenía una fachada de salud.

Así la vida nos avienta una pared encima de otra siendo solo ella (y esperando que uno esté preparado) siendo inestable, se va por donde le place sin pedir disculpas sin mirar atrás, eso supongo que lo deja a uno de humano y nuestras «memorias y traumas» la vida se va de viada sin frenos, sabe que no muere y la inmortalidad la hace soberbia, no le es fiel a nadie y al final del día su amor a ella te llevara a la muerte como a todos.

Somos indefensos ante ella, entonces, ¿qué hacemos con ella? Solo sabemos estar, respirar, y sobrevivir por instinto, no sabemos a dónde vamos y entonces, ¿por qué no hacer solo belleza?, ¿por qué no hacer de ella todo sentimiento?, adentrarnos y sentir, adentrarnos y reír, adentrarnos y que duela. Quizá solo somos gotas que derrama una brocha de pintura entre el aire y el lienzo, quizá solo somos una espiga que entro a la nariz de dios en un día de primavera por la tarde. Me gusta pensar poéticamente y abrir el mundo, ver personalidades, ver fantasía, ver magia (de esa que la gente se rehúsa a ver). No nací para ser entretenida pero quizá sí para entretener, nací para inventar y salirme de contexto, para crear algo más que lo ordinario, combinar los colores, mezclarlos, mezclar a la gente, confundirme, confundirlos desviarme, destruir y destruirme, aterrizarme y caer.

Y aun así quiero que la vida me mate, que ella me lleve, que sea solo ella y nadie más; que de dolor me canse, que de dolor me doble, que el viento me envejezca y reseque mi piel, quiero que mi carne se desmorone cual estatua de sal, quiero que el olvido de ella me borre, quiero que su crueldad me lastime, quiero que sea ella «la vida» quien me lleve ¡Y lo digo más fuerte!, quien me aborrezca y me haga el amor. Ella vino a mí, ella me cortejo y me trajo «aquí” que bien ahora ella tome la responsabilidad, no cometeré un suicidio, no cometeré adulterio, no mataré en su nombre, dejaré que ella se vea forzada en llamar a la muerte porque piensa que yo abuso demasiado de ella.