Una relación bipolar 

Por Daniel Salinas Basave

Tengo una relación conflictiva y bipolar con el periodismo. Escribo estas palabras al amanecer del 29 de julio acompañado del cargadísimo primer café del día. Hace una hora y media aún dormía y (como suele ocurrir tantas veces) me soñé reporteando y resolviendo pendientes de última hora en una redacción. En el territorio de lo onírico el periodismo ocupa un lugar trascendente. Muchos de mis sueños tienen que ver con dilemas o conflictos reporteriles. En mis duermevelas sigo siendo un cazador de información, un pateador de calles trabajando a contrarreloj con el segundero corriendo siempre en contra. No suelen ser sueños reconfortantes o placenteros, pues les sobra angustia y adrenalina. Hace diez años que dejé de ser un reportero de tiempo completo, pero el reloj del periodismo sigue incrustado en mi cabeza. Es como cuando has pasado demasiadas horas metido en el mar y a la hora de irte a dormir sientes en la cama el bamboleo de las olas.

A veces me da por pelearme con el periodismo y culparlo a posteriori por haber robado tantos años de mi vida. Todas esas horas acuchilladas cubriendo estériles sesiones de Cabildo o redundantes conferencias de gobernadores o alcaldes debí emplearlas escribiendo ficciones, pero después me doy cuenta que si borrara el periodismo de mi vida, acaso esos relatos no habrían nacido nunca. Entonces reparo en que lejos de ser un lastre, el periodismo fue mi maestría y mi doctorado en el oficio de narrar.

Cuando empecé a reportear en serio, a mediados de los noventa, yo era un veinteañero que intentaba garabatear en un cuaderno Scribe una novela con inocultable tufo a imitación joséagustiniana. Trabajaba ese embrión literario en el taller de Rafael Ramírez Heredia y había una dosis de orden en el caos, hasta que un día de verano entré a trabajar al periódico El Norte de Monterrey y todo cambió.

Lo que más me hacía sufrir, aparte de la corbata y la vestimenta formal, era la prisión del castrante manual de estilo. Ese manual de El Norte y Reforma tiene criterios muy estrictos. Las cabezas siempre empiezan con verbo; los párrafos preferentemente no exceden de 30 palabras; el punto y seguido es inexistente, pues siempre se utiliza el punto y aparte; en el primer párrafo se debe ir al centro neurálgico, el hecho noticioso puro, sustentado de preferencia con un dato duro o una cifra. Preferentemente al tercer párrafo se debe incluir la primera cita textual y las notas rara vez excedían las 500 palabras. La primera persona no existe, el reportero es siempre neutral e invisible y escribe siempre en pasado y en tercera persona. Para mí aquello era como intentar jugar futbol con las piernas amarradas y un yunque atado a la espalda, un verdadero suplicio. Yo quería escribir literatura, derrochar una prosa desgarradora pero tenía las manos esposadas.

Al final del camino, ese torturante manual que condicionó mi escritura por década y media, resultó ser un gran entrenamiento. Me enseñó a ir al grano, a decir lo más con lo menos, a respetar límites de palabras y tiempos de entrega. No replico ese manual de estilo en mi escritura, pero me ha sido de gran utilidad para estructurar textos y respetar una disciplina. Al periodismo le debo mucho, o acaso debo decir que le debo todo. Fue mi mejor universidad para aprender a contar historias.