Una quijotesca ucronía 

Por Daniel Salinas Basave

Lo primero fue una evocación traumática al levar anclas y dejar atrás el puerto de Cádiz. Desde su retronó, tras el largo cautiverio en Argel, Miguel de Cervantes Saavedra no había vuelto a hacerse a la mar, pero ahora – sobornos e influencias de por medio- había por fin conseguido la licencia real para trabajar en la Nueva España como recaudador de impuestos en las encomiendas.

Veracruz lo recibió con la hostilidad de su temporal y la sensación de embrujo irrumpió hasta el momento de probar el primer mango y el primer aguacate y beber una taza de xocolátl. Al bordear el Pico de Orizaba y más tarde al enfilar rumbo a la Ciudad de México a la sombra de los volcanes, se creyó inmerso en un encantamiento.

Le sedujo la dulce musicalidad del náhuatl, los ojos de las mujeres mestizas y el colorido caos de los mercados callejeros, aunque el trabajo acabó devolviéndolo a las burocráticas pesadillas. Descubrió que la hacienda pública era tan corrupta en Castilla como en la capital del virreinato, que mil manos eran untadas de dinero sucio y que el peso de la ley sólo caía sobre los desfavorecidos, o -en caso de purga- sobre los funcionarios menores como él.

Sin mentores ni padrinos, no tuvo a quién recurrir cuando las cuentas no cuadraron y no pudo evitar ser procesado por malversación de fondos y compartir calabozo con indios apóstatas, salteadores de caminos y evasores del diezmo. Quiso matar el ocio carcelario dando forma su siempre postergada Galatea, pero lo que de su pluma surgió fue la historia de un mestizo ilustrado llamado Alonso Yaotecatl, devoto lector del Amadís y de Tirante el Blanco, pero también de las crónicas indígenas sobre la conquista, quien se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio.

Salió entonces a los caminos a desfacer entuertos, a auxiliar a los desvalidos y se creyó una encarnación del caballero Galaor y Quetzalcóatl, tuvo un escudero otomí y se enamoró de una campesina tlaxcalteca llamada Aldonsa Cihuapilli a la que convirtió en dama de sus pensamientos y acaso su Quijote mestizo se transformó en la primera gran novela americana o acaso no se publicó nunca y nutrió los anaqueles de la descomunal biblioteca donde yacen los libros que pudieron haber sido.

Lo anterior es una ucronía, una historia que pudo ser. ¿Qué habría pasado si en vez de En un lugar de la Mancha leyéramos En un lugar del Anáhuac? En este camino paralelo, Miguel de Cervantes consigue la licencia real para ir a vivir a América en 1580 y escribe un Quijote mestizo en la Nueva España. La madre de todas las novelas nace en el México colonial y en su afán por socorrer al débil y deshacer entuertos, Alonso Quijano se convierte en un crítico del sistema virreinal de castas.

Toda cartografía literaria es un divino accidente. Los cimientos canónicos que sostienen los variopintos edificios de las letras contemporáneas son pura sustancia de improbabilidad. Muy poco hizo falta para que no existieran. Junto a la gran enciclopedia de la literatura universal corre paralela la historia de la literatura que pudo haber sido y no fue.

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