Una pluma se fue al cielo

Por José A. Ciccone

Orlando Ortiz López, In memoriam

Lo conocí a finales de los años setenta y cambió mi vida en muchos sentidos profesionales. Le decía maestro y él me llamaba ‘troesma’ como cortesía al lenguaje lunfardo creado en mi país de nacimiento, trabajé con él y el inmenso Emmanuel Carballo en los Cuadernos de Comunicación que el genio agudo de Don Eulalio Ferrer había parido, con la inteligencia y acuciosidad que lo definía, en aquel entonces, como el mejor publicista de México.

Orlando me enseñó a ordenar y valorar la lectura, consumirla sin que se atore algo y elegir lo que más te gusta para ser feliz leyendo, que no parezca competencia cuantitativa para comprobar quién lee más libros y no preguntarnos mejor, cuáles recordamos bien, con qué autores nos sentimos más identificados y qué títulos o géneros literarios nos atraen. Me invitó a releer Rayuela del genial Cortázar con otra disposición, me indicó cómo utilizar mejor la palabra oxímoron y hasta lo tolerable de la figura, para no cometer errores.

El primer libro de su autoría que me regaló fue “En caso de duda” que le había valido el premio Beca Martín Luis Guzmán en 1968, lo conservo aún con dedicatoria de su puño y letra, como un regalo inesperado de la vida, como una luz amistosa llena de sabiduría.

Tuvo el admirable virtuosismo de incursionar en varios géneros y en todos destacó por su depurado oficio narrativo: cuento, novela, ensayo, crónica y antología, además de comic.

Durante cuatro décadas, como escritor y tallerista, abordaba el relato desde un enfoque y perspectiva histórica, formó varias generaciones de escritores que hoy estarán desolados por la noticia de su vuelo eterno, como lo estoy yo en estos momentos.

Hace algunos años lo vi por última vez en Tijuana, gracias a los buenos oficios de otro entrañable amigo, Virgilio Muñoz, que nos hizo el favor de ese regalo al traer a Orlando por estos pagos. Dio una charla magistral en el Cecut y desayunamos al otro día. Lo vi bien, entero físicamente, con su mente inquieta y creativa puesta en nuevos proyectos, nos despedimos con un ‘hasta luego’ aunque ese luego nunca nos llegó porque se regresó a su casa de la Ciudad de México, donde lo esperaba su esposa Carmen, compañera de oficio, amor y familia por cincuenta años y porque yo no lo visité, en reciprocidad. Mea culpa.

Hace un par de meses, recibí en mi oficina unos cuantos libros que me envió con la generosidad que lo caracterizaba, en uno de ellos -Diré adiós a los señores-, escribió una dedicatoria que dice: “Para José A. Ciccone, pa’ que vea que no sólo soy bueno en la ficción, con un abrazo de Orlando Ortiz”. Recordaré esto hasta los últimos días de mi vida.

Hoy, todo pasa por la redes, hasta las noticias más tristes e inesperadas como la muerte de un amigo tan cercano, me llegó la infausta noticia en manos de otro escritor amigo, Hugo Hinojosa, cuando la leí reaccioné incrédulo, como cuando nos negamos a aceptar semejantes cachetazos de la vida, enseguida le escribí unas líneas a su Messenger con la esperanza de una respuesta que me dijera “no ché, es falsa la noticia”; el silencio prolongado me hizo zambullirme al internet buscando la información oficial y la encontré, fue a partir de allí que lo empecé a extrañar, que tenía la certeza de no volverlo a ver, que mi corazón de amigo lacerado por la noticia, empezó a pedir resignación. A los dos días, su querida hija Tania, ratificó la información y me dio detalles de ese desenlace doloroso.

Chau maestro, ahora que eres polvo del Planeta, seguramente llenarás de buena letra el cielo, con tu prolífica pluma, seguirás encendiendo pasiones y enseñando desde arriba a escribir como Dios manda, como siempre lo exigirá nuestra rica lengua castellana.

Aquí queda tu extensa y sensible obra, llena de imaginación, sapiencia, acabado oficio y destreza admirable. Aquí quedamos -el rato que nos toque-, tus lectores más ávidos, tus amigos más allá de la distancia, que te recordaremos como buen compañero, como un hombre igual de grandote que de bonachón, tan querido como admirado, tan auténtico como la vida.