Una estirpe de arena

Por Daniel Salinas Basave

De la arena del desierto sonorense brota esta historia y como arena en la palma de la mano se diluyen las certidumbres y los datos concretos que sobre ella tenemos. Por su ausencia brillan las exactitudes cronológicas e irremediablemente se confunde el antes con el después.  Quedan por herencia algunos nombres, acaso el mentiroso esbozo de un rostro reinventado por testimonios siempre indirectos y por ende inexactos, emparentados más bien con el mito y la ficción. Infructuoso es recoger semillas fundacionales barridas por los vientos de Santa Ana.

 

“En desorden, de aquellos años apenas subsisten  actitudes y miradas, silencios tensos, noches de espera, un ir y venir de viajes siempre asociados con el calor infernal de La Rumorosa, Mexicali, el desierto de Sonora”, narra Federico Campbell en La clave Morse

No es posible reconstruir un árbol genealógico sin apelar a la imaginación y a los cuentos. Tal vez si este boceto intentara ser una biografía hecha y derecha con ambiciones de exactitud, el primer capítulo debería incluir una exploración de registros civiles, archivos y hemerotecas sonorenses en dónde tal vez existan algunas fechas y nombres completos. Cuando intento hurgar en el origen de las familias Campbell y Quiroz me encuentro con que las trampas de la memoria le ganan la partida a las fichas técnicas. Aquí no hay Google ni Wikipedia que valgan.

Por algunos párrafos de La clave Morse y los testimonios de Sarina Campbell y Eduardo Flores, concluyo que las familias Campbell y Quiroz solo tuvieron  en común el árido entorno compartido. Aparte  del aire del desierto que por igual respiraron,  todo era contraste entre ellos.

Según las indagatorias de Federico en el apolillado álbum familiar, el Campbell fundacional de la estirpe en México se llamó James Santiago y llegó a México en el Siglo XIX procedente de Virginia. Según una partida que Federico encontró durante la época en que residió en Washington,  aquel ancestro habría nacido en 1800 y se casó con una mujer sonorense de nombre Guilebalda Noriega. De esa unión habrían nacido en Magdalena, Sonora, cuatro hijas de nombre Virginia,  Josefa, Ernestina y Clementina. No queda claro si tuvieron algún hijo varón, pero deben haberlo tenido, pues contra viento y arena el apellido se conservó.  En una de tantísimas tardes en la redacción de Proceso en la calle Fresas, Federico Campbell compartió a su amigo Gerardo Galarza un obituario  publicado en La Estrella de Occidente, del poblado de Ures, Sonora, con fecha  13 de enero de 1865, en el que se da cuenta de la muerte en Huépac, del doctor Santiago Campbell, nacido en Virginia, muerto en Sonora y quien en el ejercicio de su profesión “hizo mucho bien a la humanidad”.

Silenciosos, errabundos y desapegados eran los hermanos Campbell Mayén. Cuando escucho la descripción que de ellos hace Sarina, no puedo menos que  imaginarlos como personajes de un relato de Daniel Sada.

(Fragmento del ensayo El Lobo en su Hora. La Frontera Narrativa de Federico Campbell)