Una cicatriz llamada 11 de Septiembre

Por Daniel Salinas Basave

Amigo lector: le apuesto mi firma con sangre y algo más a que usted recuerda bien lo que estaba haciendo en la mañana del 11 de septiembre de 2001. Cientos de millones de seres humanos en todo el planeta tenemos tatuado en nuestra memoria el momento en que vimos desaparecer las humeantes  Torres Gemelas de la pantalla de televisión. No fue un cambio de toma; la torre simplemente se derrumbaba. Cierto, en el gran teatro de la Historia Humana no han faltado los horrores y a través de los milenios ha habido días y actos específicos que han cambiado para siempre el rumbo de la obra. Por ejemplo, después del 12 de octubre de 1492 el planeta no fue el mismo, pero aquella mañana sólo unos cuantos marineros muertos de hambre y unos nativos desnudos vivieron el “encuentro de dos mundos”, mientras que para el resto de la humanidad fue sólo un día más. Muchos historiadores coinciden en que la toma de la Bastilla es el símbolo que marca la caída del antiguo régimen y el inicio de la Edad Contemporánea, pero aquel 14 de julio de 1789 ni siquiera el aburrido Luis XVI se enteró de que “algo andaba mal en las calles de París”.

El 11 de septiembre de 2001 se movieron algunos engranes en la máquina del mundo, con la diferencia de que ese Apocalipsis fue seguido en vivo y a todo color por la humanidad entera. Por cuestión de los husos horarios, para bajacalifornianos y californianos significó un cruel despertar, pues muchos estábamos apenas saliendo de la cama mientras el avión de Mohamed Atta se estrellaba en la primera torre. Para quienes viven donde rige el horario del Este, la mañana ya había comenzado y sin duda ya habían bebido varios cafés cuando el horror tomó por asalto las pantallas y nuestras vidas. Una década entera se ha ido como arena entre nuestras manos. Desde entonces el mundo es un sitio menos seguro y los aeropuertos se volvieron viacrucis paranoicos, sin embargo aquellos días no fueron pocos  quienes pensaban que la humanidad podía estar inmersa en un cataclismo final. En ese momento veíamos el humo emergiendo de las torres vulneradas, pero no sabíamos lo que estaba sucediendo. ¿Era aquello el Armagedón? ¿Estábamos viviendo el día del juicio final? Esa mañana escuchamos muchas historias y la humanidad entera respiraba miedo. Cuando caminé por las ruinas de la Zona Cero la noche del 28 de septiembre de 2001, sentí estar caminando por las ruinas de una era de la historia que se hacía pedazos con las torres. Si alguien había sido capaz de vulnerar al imperio en su centro neurálgico, entonces podía pasar cualquier cosa.

Pocos años antes, Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia” y ante la caída de los “paraísos” socialistas de la cortina de hierro, conceptos como derecha e izquierda empezaban a oler a viejo y en el futuro de la humanidad sólo se veía un enorme y aburrido debate macroeconómico entre multinacionales que se disputan el control del mundo. Jamás nos hubiéramos imaginado que en el alba del nuevo milenio estaríamos escuchando términos propios de las Cruzadas como “eje del mal” o “justicia infinita”. George Bush y Al Qaeda nos demostraron que la mentalidad apocalíptica que llevó a miles de seres humanos ser inmolados  en la reconquista de Tierra Santa, estaba más vigente que nunca en 2001. En términos periodísticos y de libertad de expresión, el 11 de septiembre y la posterior guerra de Irak en 2003 significó un terrible retroceso, una aberrante caída al imperio de la censura e intolerancia, al menos en los Estados Unidos. Basta recordar el comportamiento abyecto y vil de los grandes medios estadounidenses, cuya vergonzosa actuación, justificada ante el mundo por un absurdo patrioterismo, fue la de testaferros colaboracionistas de Bush y sus halcones neoconservadores. La manipulación de la información alcanzó niveles ridículos propios de la paranoia nuclear de la Guerra Fría y expuso a los gigantes corporativos de la información como súbditos sumisos frente a la censura del todopoderoso imperio. Tal vez en una dictadura aislacionista como la de Corea del Norte  la prostitución de la prensa pueda maquillarse, pero en la aldea global del Siglo XXI semejante bajeza quedó en evidencia con total desparpajo. Los monstruos sagrados de las noticias en Estados Unidos se mostraron ante el mundo como viles esbirros temerosos de un político fanático. En semejante escenario de patrioterismo intolerante, es como irrumpen los heroicos anarquistas blogueros. Frente al otrora inmutable poder de la censura oficialista, surgían voces auténticas, profundamente humanas, sin compromisos ni ataduras cuyo único interés era expresar la verdad.

El 11 de septiembre nos reveló frágiles,  vulnerables, atemorizados, proclives al fanatismo y la irracionalidad. El 11 de septiembre demostró que el mundo sigue estando polarizado y que el cruel Jehová del Antiguo Testamento, capaz de enviar ángeles exterminadores a la Tierra,  no ha pasado de moda. El 11 de septiembre hizo de cada aeropuerto del mundo un desafío y a Tijuana nos regaló filas interminables para cruzar la frontera. Queramos o no, ese día del que esta semana se cumplen diez años condicionó el orden mundial y sigue condicionando aspectos fundamentales de nuestra vida actual. Queramos o no, amigo lector, ni usted ni yo somos los mismos.

El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo