Una canción por una copa de jerez de 150 años

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

A todos los que nos gusta recorrer bodegas de vino, en un momento determinado podemos decir cuales nos dejan con un buen sabor de boca y cuales nos quedan a deber. El servicio al cliente sin duda es importante, pero la calidad del vino es lo que más valora uno. Cuando estuve en Jerez de la Frontera, para certificarme como experto en vino de jerez, tuve una grata experiencia en la bodega Urium y les contaré por qué.

A pesar de ser de reciente apertura, Urium tienen botas (barricas) realmente muy viejas. Muchas de ellas hasta con 150 años añejando que fueron compradas a algunos almacenistas o a otras bodegas que han cerrado. Ya les había contado que el vino de jerez, es uno de los vinos que puede tener muchos años y conservarse. Así que estas no eran la excepción.

Su amable propietaria, Rocio Ruíz, era ya conocida mía por redes sociales y entre las pláticas que teníamos, me había comunicado su deseo de que los visitara. Cabe mencionar que la bodega sólo está abierta previa cita y autorización de la familia y casualmente cuando estuve en la certificación de jerez, el Consejo Regulador, me habían programado una visita profesional.

La sorpresa fue que un día antes, al asistir a un salón de vinos en un hotel del centro de Sevilla, donde Rocio exponía sus productos; nos tocó conocernos personalmente ratificando nuestra cita  en la bodega al día siguiente.

Después de comer en el Tabanco el Guitarrón, llegué a la bodega netamente familiar que resultó pequeña, comparada con otras bodegas, pero muy acogedora. Ahí trabajan intensamente mi querida Rocio, su marido, y el alma de la fiesta, su papá Don Alonso Ruíz.

Lo primero que se respira al entrar, además de los vinos centenarios con aromas muy interesantes, es un ambiente de cordialidad y amabilidad propia de la gente de Andalucía. La bodega, pese a tener botas antiquísimas tiene un orden casi quirúrgico, donde podemos verlas perfectamente alineadas con los diferentes productos de la bodega.

Nuestra anfitriona procedió a hacernos un pequeño tour a mi acompañante, mi amigo Demos y yo, donde pudimos corroborar como las botas para crianza biológica siempre se ponen en la parte inferior de la solera, y las botas para crianza oxidativa, en la parte superior (de ambas crianzas les contaré en otra entrega).

La presentación de sus botellas es elegante, sobria, y que indica fácilmente el producto que contienen. La combinación de ciencia con artesanía siempre presente. En el recorrido de pronto se unió a nuestro pequeño grupo Don Alonso (el padre), que ni tardo ni perezoso empezó a platicarnos múltiples anécdotas de la bodega, como el día que tuvieron que mover algunas filas de botas y fue toda una proeza hecha por un grupo de expertos ya que es imposible meter un montacargas para las maniobras.

En la parte final del recorrido, Don Alonso nos puso a cantar como condición para probar una de las joyas de jerez más antiguas y como al que escribe le fascina cantar,  pues levanté la mano y les dije que yo cantaría una canción netamente andaluza. Ante las miradas curiosas de los presente comencé a entonar los “Doce Cascabeles” y después nuestra querida “Guadalajara”.

Mi esfuerzo fue premiado con un Jerez de 150 años que Don Alonso sacó de la chistera. Vino complejo, con una salinidad y acidez intensa y que requirió de una amplia explicación para su entendimiento a pesar de todo el jerez que había probado.