Una botella de whisky al mar

Por Daniel Salinas Basave

Ocurrió una noche de verano en Belmont Park, un Disneylandia chiquito ubicado junto a una playa de surfos en el norte de San Diego. Iker y yo intentábamos descifrar los secretos de una oscura cámara surcada por rayos láser bajo los cuales debíamos contorsionarnos. El reto estaba en no ser tocado por las luces, misión imposible para una anatomía de ciento y tantos kilos como la mía. Mi derrota se consumó antes de tres segundos pero a Iker le emocionó ese juego de rayo y tiniebla. Al salir de la cámara encontramos a Carolina con una de esas sonrisas capaces de revelar que algo atípico y muy bueno acababa de suceder. ¿Vendría bajando de un paseo particularmente intenso en la montaña rusa? ¿Habría ganado al tiro al blanco? Imaginé muchas cosas, pero no que el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez acababa de subir a su página la lista de sus 13 semifinalistas y mi libro Días de whisky malo estaba entre ellos.

Tomando en cuenta que al concurso se inscribieron 108 libros, de los cuales fueron admitidos 91, la probabilidad de que mi mal whiskocho fuera siquiera tomado en cuenta era ínfima. Vaya, estamos hablando de un premio convocado por el Ministerio de Cultura de Colombia y la Biblioteca Nacional en donde admiten a todo libro de cuentos publicado en idioma español durante el 2016. Frente a la avalancha de Anagramas, Alfaguaras, Páginas de Espuma, Planetas y otros monstruitos, las chances de un volumen de un autor desconocido editado por la Universidad de Nuevo León eran miserables y ni siquiera en mi pronóstico más optimista albergaba la posibilidad de que el whisky tan siquiera llamara la atención.

Mi libro llegó a ese concurso al cinco para las doce, literalmente en las últimas horas del último día de tiempo extra para admitir ejemplares.

Por esa desidia chambona de los últimos tiempos, me enteré de la convocatoria cuando estaba casi cerrada. Debía enviar ocho ejemplares del libro a la Biblioteca Nacional en Bogotá. Mi envío salió de Rosarito, Baja California, en la fecha del cierre, la última válida para aparecer en el matasellos y ser tomada en cuenta. A partir de ahí tenía una semana al cabo de la cual no se admitiría ni un libro más independientemente de la fecha de envío.

A través de la página de DHL  fui rastreando la ruta envío. De Rosarito, Baja California, cruzó la frontera estadounidense y aparcó en Kansas durante el fin de semana. Después salió rumbo a Colombia pero fue atorado en la aduana un par de días. Llegó a Bogotá en la agonía del día final. Hizo falta muy poco para que el libro jamás llegara a su destino.

Una semana después lo vi en la lista de los formalmente inscritos, pero cuando vi a mis competidores y sus editoriales, me quedó claro que mi whisky había ido de paseo.
Hoy Días de whisky malo está entre los cinco finalistas del premio junto con Nuestro mundo muerto de la boliviana Liliana Colanzi, Chicos y chicas de la española Soledad Puértolas, Un cementerio perfecto del argentino Federico Falco y El estado natural de las cosas del español Alejandro Morellón. Pase lo que pase, cada uno de los libros finalistas asegura su distribución en todas las bibliotecas públicas de Colombia. Pase lo que pase, creo que todos somos ganadores.