Una aldea infectada

Por Daniel Salinas Basave

En la aldea globalizada del Siglo XXI, comer una sopa de murciélago en un mercado de Wuhan puede resquebrajar los cimientos  del mundo occidental y su economía. De pronto, en los albores de la primavera 2020, la vida de millones de seres humanos se ha alterado por completo. En Seúl o en Milán, en Madrid o en San Francisco, en Hong Kong o en Los Ángeles hay una multitud confinada puertas adentro de sus hogares. Hoy más que nunca somos contemporáneos de todos los hombres. Pase lo que pase, la única certidumbre es que esta contingencia ya ha alterado nuestras vidas como ningún hecho en la historia reciente. Vaya, normalmente los fenómenos que ponen a bailar la misma canción a una multitud en decenas de países, son los grandes eventos deportivos como el Mundial de futbol, pero hoy por vez primera una emergencia sanitaria ha sentado sus reales y ha descarrilado el tren de lo cotidiano.

En 1348 la Peste Negra viajó de Asia a los puertos italianos y mató a más de la mitad de la población de Europa, pero en la ignota América nadie se dio por enterado. Vaya, incluso en regiones europeas entonces aisladas e inaccesibles como Islandia o Finlandia, la mortal epidemia pasó de noche y no registraron un solo caso mientras que en Italia y Francia la peste bubónica extinguió pueblos completos. El mundo había cambiado mucho en 1918 y el virus de la injustamente llamada gripe española viajaba en barcos y en trenes junto a los combatientes que retornaban de la Gran Guerra. Ya era un mundo comunicado pero aún estaba lejos de transformarse en la aldea planetaria en donde hoy habitamos. Claro, con todo y los limitados medios de transporte de hace cien años, la influenza se las arregló para matar a más de 50 millones de personas. Personajes como el pintor Gustav Klimt o el poeta Apollinaire cayeron víctimas de aquella pandemia.

Pues bien, el hogar del homo sapiens en 2020 nada tiene que ver con el de hace un siglo. Hoy la humanidad entera parece habitar en aviones y aeropuertos. Nuestros cuerpos son incubadoras de bichos a los que llevamos de acá para allá, surcando los cielos y las carreteras. En 2020, una cepa recién mutada en la China profunda puede estar en cuestión de horas esparciéndose en América o Europa. Es entonces cuando reparamos en que el planeta Tierra es un pueblito en donde todo absolutamente está interconectado. Aunque quieras vivir de espaldas al mundo como López Obrador, la realidad se encarga de escupirte una cepa infecciosa a la cara. Es entonces cuando reparamos en lo mucho que necesitamos a los científicos, los epidemiólogos, los cazadores de microbios que invierten su vida entera en la búsqueda de una vacuna. Filántropos millonarios como Bill Gates donan millones a la investigación científica mientras políticos ególatras como Trump y Obrador simplemente los desdeñan. Algunas o muchas cosas cambiarán a partir de la irrupción del Covid en nuestras vidas. Por desgracia, el terremoto macroeconómico se llevará de encuentro a muchos pequeños y medianos negocios. Tal vez se masifique aún más el trabajo a  distancia y las juntas virtuales y a lo mejor algo se mueve en el anquilosado chip de algunos gobiernos y por primera vez empezaremos a darle a la ciencia algo más que sobras y migajas.