Un Tigre universal 

Por Daniel Salinas Basave

Esta semana Tigres de la UANL jugará la final de la Copa Mundial de Clubes contra el todopoderoso Bayern Múnich de Alemania. Es, sin lugar a dudas, el partido internacional más importante que han enfrentado en más de medio siglo de historia (comparable tan sólo con aquella triste final de Copa Libertadores jugada contra River Plate en 2015).

Cuando esta columna se publique y llegue a algún lector, el juego sin duda ya habrá terminado y la lógica, la elemental cordura y el sentido común nos hacen pensar que los bávaros levantarán la copa. Estoy absolutamente consciente del amplio y bien fundamentado favoritismo de los alemanes.

Vaya, un equipo de época que lleva ocho años seguidos ganando la liga de su país, que hace poco le ensartó ocho goles al mismísimo Barcelona y que tiene a un delantero letal como Lewandowsky no es para tomárselo a la ligera. Sin embargo, la sustancia de los sueños se alimenta de lo irracional, de ese travieso duende capaz de tejer los hilos del destino o la aleatoriedad a quien de vez en cuando le da por girar una tuerca y alterar el orden del universo.

Es difícil explicar desde un punto de vista racional e intelectual lo que significa ser seguidor de un equipo profesional, sobre todo porque esa filia no surge a partir de una decisión o una elección fría basada en parámetros coherentes. Claro, estoy consciente de que el deporte espectáculo es un negocio, que un club profesional es una empresa, pero al final y al principio de todo, la única certidumbre es que esta camiseta ha estado ligada a mi existencia desde hace casi cuatro décadas y forma parte de mi cultura y mi vida cotidiana.

En mi caso, esta afición es una herencia familiar. Mi abuelo Agustín Basave siempre estuvo ligado como docente a la Universidad de Nuevo León y su nombre aparece en el acta fundacional del Club Tigres, pues él era director de la Facultad de Filosofía y Letras cuando se fundó el club. Mi tío José Manuel Basave fue mi padrino en esta afición ya que fue el primero en llevarme al estadio Universitario hace ya casi 40 años y el que me regaló mi primera camiseta.

El primer gol de Tigres que vi desde la tribuna fue un penal anotado por Tomás Boy en contra del portero Hugo Pineda del Tampico Madero. En mi adolescencia y juventud fui cientos de veces a ese estadio y a menudo mi parámetro para definir o marcar etapas de la vida se apoya en la cronología Tigre. De hecho, entre Tigres y yo existen ciertos innegables paralelismos. El equipo ascendió a Primera División en mayo de 1974, cuando yo tenía un mes de nacido y su época de oro con más copas levantadas, ha coincidido con mi época profesionalmente más exitosa y productiva, hablando de libros y premios literarios.

Confieso profesar una absoluta y radical indiferencia hacia todos los deportes ajenos al futbol (nunca en mi vida he visto un súper bowl e ignoro cómo se juega el beisbol) pero con Tigres mi andamiaje racional se hace pedazos. Es muy posible que el felino de San Nicolás  no levante la copa mundial, pero pase lo que pase, este equipo ya es eterno y será recordado y evocado dentro de muchísimos años, cuando estos tiempos sean pura nostalgia en penumbra.