Por Alberto López Zahoul
Continuando con Tijuana y Baja California vistos a través de los ojos del proceso administrativo -Planeación, Organización, Dirección y Control- empecemos precisamente por los planes y, como ha sido costumbre en estos artículos, por las preguntas.
¿Existen planes de desarrollo económico con visión de futuro? ¿Quiénes participan en su creación? ¿Son coherentes entre sí? ¿Existen acciones específicas para cumplirlos? ¿Y cómo sabemos si están funcionando?
Respuestas rápidas, para desmenuzarlas después: sí existen planes. El gobierno municipal y estatal, la iniciativa privada, la academia y la sociedad civil cuentan, de una u otra manera, con ejercicios de planeación. Son más o menos coincidentes entre sí. También existen acciones concretas. El problema aparece cuando queremos contestar la última pregunta: ¿están dando resultados?
Para este análisis revisé principalmente el Plan Municipal de Desarrollo de Tijuana 2025–2027, el Plan Estatal de Desarrollo de Baja California 2022–2027, el Programa Sectorial de Economía e Innovación, el Plan Estratégico Municipal de Tijuana 2023–2037 y los ejercicios de planeación impulsados desde organismos de la sociedad y la iniciativa privada.
Los planes existen. Algunos son incluso muy completos.
Entonces quizá el problema no sea la falta de planeación.
Quizá tenemos demasiados planes y pocas metas comunes.
Cada institución mide cosas distintas. Un gobierno puede medir empresas atendidas; otro, inversión captada; una cámara empresarial, proyectos impulsados; una universidad, profesionistas egresados; y un organismo ciudadano, acciones realizadas.
Todos pueden cumplir al cien por ciento y, aun así, Tijuana no necesariamente ser más productiva.
Ahí está el problema.
Anteriormente hablé de la necesidad de un plan concreto, que funcione, que pueda medirse con sencillez y que trascienda administraciones. Propongo entonces algo que seguramente incomodará a más de uno: dejemos de hacer tantos planes.
Hagamos uno.
Un Plan de Desarrollo Económico Tijuana–Baja California con visión de 25 años. No perteneciente al gobernador en turno, al presidente municipal, al CCE, a una universidad o a determinado organismo de la sociedad civil.
Un plan de todos.
Para hacerlo necesitamos evolucionar de la llamada Triple Hélice —gobierno, empresa y academia— hacia la Quíntuple Hélice: gobierno, iniciativa privada, academia, sociedad civil y medio ambiente.
Pero más importante que volver a definir qué hace cada uno está en ponernos de acuerdo sobre cómo medir si avanzamos.
Propongo una regla muy sencilla: medir cada año, evaluar a profundidad cada cinco y mantener una visión de 25 años.
Cada año deberían publicarse los resultados de los mismos indicadores, utilizando las mismas fuentes y la misma metodología. Nada de cambiar la forma de medir porque cambió la administración o porque el resultado no gustó.
La medición debe ser tan clara que cualquier persona pueda entenderla: ¿Dónde estábamos? ¿Dónde estamos? ¿Mejoramos o empeoramos? ¿Y cómo corregiremos?
Así de sencillo. Porque medir sin corregir sirve de poco.
Si la economía creció 3%, se publica 3%. Si el ingreso real por habitante disminuyó, se dice que disminuyó. Si necesitamos cinco mil profesionistas especializados y solamente estamos formando tres mil, tenemos un déficit de dos mil.
Sin adjetivos. Sin discursos. Sin interpretaciones acomodadas. Datos. Solamente datos.
Cinco actores. Una mesa. Un plan.
¿Quién lo conduce?
Propongo un Consejo Económico independiente de los ciclos políticos, con representación equilibrada de las cinco partes y una responsabilidad fundamental: mantener la visión de largo plazo, medir los resultados y proponer correcciones cuando el rumbo no sea el esperado.
Los gobiernos cambiarán. Los presidentes de las cámaras cambiarán. Los rectores cambiarán. Nosotros también cambiaremos.
La visión no debería hacerlo cada tres o seis años.
Y propongo algo todavía más sencillo: medir únicamente trece cosas: ¿Creció nuestra economía? ¿Creció el ingreso por habitante? ¿Somos más productivos? ¿Ganamos mejores salarios? ¿Tenemos más empleo formal? ¿Nuestra industria genera más valor? ¿Llegó nueva inversión? ¿Compramos más a proveedores regionales? ¿Formamos los profesionistas que necesitamos? ¿Generamos tecnología? ¿Exportamos más productos y servicios? ¿Recibimos más pacientes de turismo médico? ¿Tenemos suficiente agua y energía para seguir creciendo?
Trece preguntas.
Si después de cientos de páginas de planes no podemos responderlas claramente, entonces tenemos un problema. No necesitamos saber cuántas reuniones se realizaron. Necesitamos saber si estamos mejor. Y, si no lo estamos, qué vamos a cambiar.
Porque para saber hacia dónde caminar durante los próximos 25 años primero tenemos que definir qué queremos ser. Yo empezaría por reconocer nuestra ventaja más evidente. California no está lejos. Está enfrente. Y quizá llevamos demasiado tiempo viendo una frontera donde deberíamos estar viendo una economía.








































