Un ser de luz

Por Juan Manuel Hernández Niebla

Nada tan ordinario y extraordinario como la muerte.

Ordinaria porque escuchamos de ella diariamente en esta bendita pero violenta ciudad, que, entre homicidios y pandemia, nos ha insensibilizado, mitigando el impacto, y por consecuencia lo extraordinario que cada una de estas muertes significa para las familias y seres queridos de las víctimas…. hasta que nos sucede a nosotros.

Soy el menor de una familia de siete hermanos, todos educados bajo los principios y valores de nuestros padres, mismos que nos enseñaron que lo correcto no tiene ambivalencias, que la verdad y la justicia se deben defender a ultranza, que se debe respetar a nuestros semejantes sin importar clases sociales, y que el dinero no compra felicidad.

De nuestro padre aprendimos a soñar, y de nuestra madre, que sólo la constancia y la perseverancia, sin claudicar ante lo difícil, nos llevaría a lograr nuestros sueños y aspiraciones.

Un día mi padre nos fue reuniendo a cada uno de los hermanos, traía unas varas de madera. A cada uno de nosotros nos pidió que rompiéramos una, lo cual hicimos con facilidad.

Posteriormente, el unió siete de las mismas varas que habíamos roto individualmente y nos pidió lo mismo, ninguno pudimos romperlas todas juntas.

Nos dijo que cada una de esas varas éramos cado uno de sus hijos, donde individualmente era relativamente fácil que la vida nos rompiera, pero que unidos no había nada que nos pudiera doblegar.

Ese fue el legado que nos dejaron nuestros padres, legado que la fuerza y perseverancia de una maravillosa hermana se ha encargado de mantener hasta la fecha. Ella se ha encargado de combinar nuestras respectivas fuerzas con un solo objetivo…. protegernos mutuamente.

El mejor ejemplo de estos valores fue mi hermano Lorenzo, un verdadero ser de luz y amor que tuvimos la dicha de tener.

Lorenzo junto con su esposa fueron parte medular de nuestras vidas, donde la distancia no era una barrera para que nos llegara ese halo de luz, carisma, bondad y calidez que nos hacía sentir bien, siempre con nosotros en las buenas, pero sobre todo en las malas.

Mi hermano fue un ejemplo de hombre, bueno, caballeroso, elegante. Excelente esposo, padre, abuelo, hermano, tío, cuñado y amigo. Maestro, catedrático y mentor de muchas generaciones de la profesión que fue su pasión, la Contaduría Pública.

Ese halo de luz sobrepasó a nuestro círculo familiar, trascendiendo a una comunidad a la que entregó generosamente parte de su vida a través de organismos colegiados y civiles.

Graduado Doctor en Ciencias Fiscales a los 74 años, mi hermano seguía activo en su profesión con una claridad de mente y un ímpetu similar al de un recién graduado.

El Covid se lo llevó, dejándonos un vacío en el alma y una opresión en el pecho, con la amargura de haber perdido a alguien que todavía tenia mucho que dar y disfrutar.

Hoy el cielo está de fiesta, tiene al “Junior” allá arriba. Quisiera regresar el tiempo para poder decirle todo lo que lo quería, lo que el significaba para mí, mi esposa y mis hijos, pero la vida me dejó a mis otros hermanos para reparar lo que dejé de hacer.

A ti amable lector, nunca dejes de decir “te quiero” a las personas que te importan, nunca sabes cuando será la última vez que lo puedas hacer.