Un planeta en éxodo

Por Daniel Salinas Basave

Acaso muchos años después recordaremos el verano-otoño de 2016 como el principio de la era en que una parte de Haití se fusionó con las calles del primer cuadro de Tijuana. Poco a poco, de una forma u otra, nos hemos acostumbrado a los miles de haitianos y hoy nos resultan casi tan familiares como el infinito número de deportados mexicanos que por décadas han deambulado por la canalización del río y sus alrededores. Nuestra ciudad es y ha sido una descomunal estación migratoria a la que a menudo la aleatoriedad y las circunstancias acaban transformando en un involuntario hogar.

Lo cierto es que estas escenas que en mayor o menor medida han formado parte de nuestra vida cotidiana, encarnan o sintetizan el espíritu de esta época. En el Siglo XXI la Tierra es un planeta en éxodo permanente, el hostil hogar de millones de salmones nadando a contracorriente, el eterno fluir de ríos humanos desafiando mil y un adversidades para llegar a tierras prometidas. Migrar es reflejo natural de un ser vivo, básico instinto de supervivencia. Cuando la sequía o la deforestación devastan un ecosistema, veremos a enormes manadas de diversas especies recorrer largos kilómetros en busca de arroyos o pastizales.

Nuestra geografía está repleta de entornos que se tornan hostiles e inhóspitos para la vida humana. La guerra, la hambruna, los desastres naturales y la persecución política lleva a millones de personas a arriesgar sus vidas flotando en cáscaras de nuez en medio de mares embravecidos, atravesando infernales desiertos o enfrentando a peligrosas mafias y corruptas autoridades migratorias.

La imagen de miles de familias haitianas varadas en Tijuana es idéntica a la de los inagotables flujos de subsaharianos atrapados a las orillas del Estrecho de Gibraltar o a las hordas de sirios en fuga hacinados en puertos griegos o turcos mientras aguardan su improbable admisión a algún país de la Unión Europea. Mientras vemos a estas familias cuyo único patrimonio es la débil e improbable esperanza de poder encontrar una vida y un trabajo en un país que imaginan mejor que el suyo, escuchamos las furiosas peroratas de líderes xenófobos dedicados a exaltar e instigar  miedos y odios. Millones de migrantes sueñan con entrar al país donde Donald Trump quiere arrasar con todo aquello que huela a indocumentado, mientras tumultos prófugos de la miseria africana y del terror de Medio Oriente tocan a las puertas de una Europa en donde líderes que coquetean con el más burdo fascismo se pronuncian por deportaciones masivas.

La humanidad siempre ha migrado, pero acaso nunca habíamos vivido un escenario tan complejo y contradictorio como el actual. Al final, las manos caritativas de abnegados voluntarios que trabajan desde albergues y comedores salvan el día a día y garantizan la supervivencia de miles de seres humanos, pero el gran éxodo planetario seguirá porque el instinto de supervivencia no se extingue frente a un muro. Ya no hay deidades prestas a abrir las aguas del Mar Rojo y el Río Jordán ni trompetas capaces de derrumbar las murallas de Jericó, pero la flama del éxodo arde aún en la más oscura de las noches.