Un paso atrás  

Por Ana Celia Pérez Jiménez

No es tan sencillo saber del otro como a veces pensamos que es; es muy fácil hablar de un verbo y poco sabemos de él. Primero siempre nos quedamos fijos sobre la fachada, la primera impresión de aquello en estudio. Esa pared y su color, la textura y sus formas, donde encontramos el error, donde hay marca de un color o tono pasado y allí imaginamos por qué así y no de otra forma, en donde lo individual responde todo.

Si cruzas un límite te adentras a su mundo y conoces sus motivos. Del otro lado y adentro, estás en territorio ajeno en donde solo percibes, absorbes y cuestionas, pero existe algo más que eso, el significado y la historia del que se lo otorga, del que lo vive y su forma, el sabor que la da.

Entonces bien, no sólo se puede observar sin saber que hay detrás del lente, del ojo, de esa mente, en qué palabras se revuelca y por cuantas generaciones. No podemos andar por el mundo pidiendo que sean libres, cuando ignoramos el concepto que el otro pueda tener de esa libertad, quizá ya lo está siendo y para uno está claramente atado.

Es tan difícil ser justo y más cuando se intenta que cuando se ignora. Es difícil no caer en un egoísmo de referencia, en esa obsesión del uno sobre otro y dejar descuidada la existencia propia al así hacerlo. Me debo de recordar primero limpiar bien mi espejo antes de asomar la cabeza por la ventana.

Me he encontrado tan errónea desde que me contemplo. Busco el bien pero no cuestiono siempre el de quien, no tengo respeto por el otro si yo he ejercido un juicio que considero de acuerdo a mis leyes asertivo y esa es mi propia desgracia.

Uno se puede revolver entre todo eso, entre la relación de la mente y el mundo, las palabras y lo variante de sus significados. Es difícil saber si hablamos o pensamos en el bien o en lo bueno, pero me parece más sencillo sentir que así lo hacemos y dejarnos llevar por la corazonada, que ese ritmo es el de los ancestros y poco lo hemos escuchado.