Un momento de gracia

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me gustan esos momentos, esos breves momentos donde sientes todo y es como que en un segundo ese todo adquiere sentido, la vida, los olores, colores, la gente a tu alrededor y hasta el día en que amaneciste, ¡uy! Esos momentos gratos donde estás tan presente y sientes que las manos y el cuerpo te quedan justos como guantes, como un traje de sastre, como una sonrisa.

Y sientes que se te expande el pecho, su ir y venir, la música que por alguna razón queda exacta y sublime, y atesoras esos segundo porque sabes que no se dan así a menudo, porque sabes que este día no te has complicado de más, estás como siempre quisieras estar, ignorando  la voz en la cabeza, el claxon del vecino, las deudas esperando en sobres en la mesita de la entrada, te has encontrado en ventaja con el mundo y sin arrogancia también de los que te rodean y eso es un día de fortuna, un día que te encuentras siendo un ganador sin girar la ruleta.

A mí me pasa poco y a menudo y lo disfruto, lo disfruto capturando con los ojos los detalles, el viento, el aroma de ese viento y comienzo a pensar en todo eso que tengo en mi vida y los rostros de las personas que amo empiezan como carrusel a pasar por mi cabeza y sonrío, porque los valoro, los valoro por estar, por el tiempo mucho o poco, por seguirme en mis locuras, porque me aman, me escuchan, me terminan las frases por estar así conectados, porque no tienen miedo de hablar de lo amargo, del dolor, de lo fuerte, de las caídas y heridas, al igual que pueden regresármelo todo con un chiste y continuarlo por una carcajada que termine en una canción y ellos hacen mi mundo, y de él un mundo mejor.

Me gustan estos breves momentos, donde sé que soy yo sin más, sin mucho, sin él pero, sin la excusa rehusada. Pero el punto es que veo todo eso y me siento viva, agradecida, de aquello que nunca se me puede arrebatar, que es el amor que ejecutó, el que siento y se me da. Con la edad, con la experiencia te das cuenta de eso que nunca se va, de esas persona que siempre y a pesar de todo se quedan, que se vuelven tus pilares, tus memorias, tus hogares, tus almohadas, tus secretos, tus consejos y regaños y en esos breves momentos donde no me puedo ya quejar, donde la sombra se ha ido, donde mi soledad es una prenda fuera de temporada, me siento llena, me siento fuera de peligro, me siento yo, yo como la niña feliz y la adulta que con todo y su miedo lo intenta.