Un intento de oda

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Cae la persiana y con ellos una realidad desconocida por todos nosotros o en su mayoría. Estamos en el momento donde los minutos dejan de ser relevantes, y el tiempo ha incrementado su valor, la inflación de los segundos, la oferta y la demanda, el banco vacío, ni un cheque firmado.

El panorama de un ayer, queda como un cuadro pintado, enmarcado y colgado en la subida de la escalera, pienso así que subo, cuando no sé si permanezco en el mismo piso. La experiencia ha querido cambiar de profesión, hay que dejarla, hay tanto que aprender y ella conoce los nuevos mapas.

No hay necesidad del calendario, el antes y el después ya es percibido por el mundo. Se está derrumbando el dentro y el afuera, en un terremoto emocional que está sacudiendo a los pensantes, los más sensibles ya lo predecían desde años, lo avecinaban en la piel, lo gritaban en sus acciones y todos sordos envueltos en el ego.

Se marca una nueva pauta, como si fuera a comenzar una nueva melodía, un nocturno en C menor y yo espero el nuevo sentimiento que esto me irá a despertar, quiero tener una nueva imaginación, una nueva colección de poemas, nuevos escritores, nuevos artistas.

La línea de gis con la que jugábamos en el patio de casa, ha vuelto a salir y con ello me ha recordado toda la vida, de principio a fin. Y revisó en los bolsillos de mis años y solo encuentro facturas, me lamento y también eso es válido, en una tierra de nadie, emocionalmente hablando, todo es factible; y lloro, y grito y soy iracunda frente a lo que desconozco, pero al parecer sí me conoce bien a mí y a todos, incluso a los que le ignoran, sabe de nombres y direcciones, de hábitos viejos y los recién adquiridos.

En tiempos difíciles cada persona vuelve a lo individual, al almacén personal, a sacar, a buscar; en este momento de pausa, flota todo lo que es, las respuestas buscando su designada pregunta. El dolor es palpable, empapa el trapo con el que limpio mi mesa, también la duda se vierte entre la sal con la que cocino.

La casa se ha vuelto mi cómplice y yo a veces la desprecio. Los sentimientos también han recobrado sus antiguas cauces, sus formas y naturaleza; son libres de nuevo y no hay quien en la calle se detenga siquiera a tomarles una foto.