Un corazón rebelde

Por Manuel Rodríguez Monárrez

Hace algunos años me sometieron a una operación de corazón, mis latidos tenían la regularidad de un operador de telégrafo mandando mensajes en clave morse: rápido, rápido, lento, lento.

Recuerdo que en las noches sufría tan fuertes taquicardias que me levantaba exhausto con la cama mojada en sudor como si hubiese corrido un maratón dormido.

Entre 2003 y 2004 los diagnósticos de los cardiólogos tijuanenses Beltrán y Parcero confirmaron la necesidad de realizar la operación, el peor miedo de los seres humanos se hacía realidad en mi vida a la edad de 25 años.

Después de varios intentos fallidos por restaurar el ritmo cardiaco con medicina, el 28 de octubre del mismo 2004, me enviaron un hospital de San Diego para hacerme el procedimiento de lo que el médico llamó un mal congénito o en términos médicos, un haz anómalo, que me transformaba en un inquieto “hooligan” postadolescente.

Es como si el sistema nervioso hubiese desarrollado ramificaciones extras que provocaban el latido triple de mi corazón y que tarde o temprano me podían provocar un colapso fulminante.

El doctor decidió que era necesario implantar un catéter de ablación introduciendo un cable por la ingle izquierda por donde pasa la vena principal del cuerpo y hasta subirla al corazón por el vaso sanguíneo, y por una pequeña incisión en el pecho introdujo una pequeña camarita para realizar la ablación. La ablación implica quemar, cauterizar, incendiar o flamear los conductos eléctricos erróneos, es decir, el doctor utilizando su sistema destruiría las partes rebeldes de mi corazón.

Bueno, mientras me llevaban al quirófano el doctor Tasto, egresado de la Universidad de Arizona especialista en arritmias cardiacas, me dijo que sí tenía una última pregunta antes de ponerme a dormir, en mi interior pensé que era una mala selección de palabras, para alguien que está por entrar al cuarto de operaciones, sin embargo tome un último aliento consciente y le pregunte: o sea que, ¿usted va a quemar el interior de mi corazón, es correcto?, me dijo que sí. Y volví a preguntar: déjeme entender, ¿usted intentará aniquilar mis células rebeldes, estoy en lo cierto? Y de nuevo dijo que sí. Entonces por último doctor, podía tomar su pequeño soplete para aniquilar mi codicia, egoísmo, superioridad y culpa. El doctor sólo sonrió y me dijo: “eso ésta fuera de mi alcance”.

Desde entonces entendí que si quería cambiar mi corazón y transformar mi vida, tenía que ser sometido a una operación mayor, una que implicará un procedimiento más lento y duradero. Desde que desperté de la operación no fue fácil, el darme cuenta que a veces los males congénitos son los males menores de nuestro corazón, pues en realidad hay muchas cosas que no me gustaban de mi vida que deseaba cambiar.

Desde entonces propuse saber cuál es el motor que mueve el corazón de la humanidad, y la respuesta la he encontrado en el amor de Dios. Nada más intenso que descubrir que esa llama viva de la cual le platicaba a mis amigos que sentía, le he podido ir compartiendo con mis compañeros de trabajo, con mi esposa, con mi hija, con mis padres, hermanas y suegros. Y cuando te das cuenta de ese poder transformador, vas realizando pequeñas ablaciones en la vida de todos los que te rodean.

Pero para no perderme, siempre trato de recordar las palabras que alguna vez le escuche a un Pastor argentino: “la parte más oscura del faro es la propia base”, siempre me he preocupado porque la luz de otro faro ilumine las partes que yo sólo no hubiese podido alcanzar. La búsqueda por la luz transformadora en realidad nunca termina.