Un chileno muy francés

En compañía de un amigo entrañable descorchamos una botella de un vino singular. Se trata de un tinto chileno elaborado con técnicas francesas, nada más ni nada menos que con el sello de la familia Rothschild.

 

 

Uno de los cinco famosos hermanos, el Barón Philippe quien a sus tiernos veinte años heredó nada más ni nada menos que el Chateau Mouton Rothschild, una de las bodegas más famosas del mundo, tuvo una vida tan azarosa como interesante entre los herederos de este emporio familiar. La realidad es que nunca se estuvo quieto.

Primero fue guionista de cine, poeta, productor de teatro y, por supuesto, empresario vinícola. Vivió prácticamente durante todo el siglo pasado pues nació en 1902 y murió en 1988, en París. Nunca dejó de luchar por el reconocimiento de su vinícola en la categoría de los Grandes Pagos (Gran Cru) de Burdeos, club al que fue invitado finalmente en 1973, mucho tiempo después de que se creara la primera lista de exclusivas bodegas que detentan tan apreciable distintivo desde la primera clasificación en 1855.

No conforme con ello se dio a la tarea de internacionalizar sus marcas. Creó al menos tres joint ventures o negocios con aliados foráneos.

Llevó su técnica hasta California en donde se asoció con la prestigiosa bodega Robert Mondavi para crear un ícono de la industria americana, el Opus One, un portentoso Cabernet Sauvignon. En Portugal también se estableció en sociedad con Vinos Don Mourinho, en la zona de Alentejo y en América del Sur con ese monstruo chileno que es Concha y Toro, creando con esa vinícola un vino que mereció la construcción de una bodega aparte, una maravilla arquitectónica por cierto. Lo llamó Almaviva.  

Elaboró un vino con la más emblemática uva francesa plantada en Chile que es la Carmènere, a la que durante mucho tiempo se le confundió con Merlot hasta que alguien descubrió, mediante pruebas de DNA en 1994, que se trataba de la variedad Carmènere. Esta botella es el resultado de la cosecha del 2008.

Una vez descorchado, el vino despide de inmediato notas de frutas rojas frescas y un sutil toque de madera nueva. Se le deja respirar un rato para que sus aromas vayan abriendo. Es entonces que aparece un olor típico a cereza en mermelada que se despliega después hacia aromas más complejos, con una nota animal de inconfundible olor a piel.

Si a la uva Carmènere tuviéramos que darle un mote, este sería sin duda “la uva incógnita”. Así como fue confundida en Chile, también hace poco en Nueva Zelanda se pensaba que estaban haciendo vino tinto con un clon de Cabernet Franc, cuando en realidad se trataba, una vez más, de esta graciosa uva. La Carmènere, al igual que sus primas hermanas la Malbec en Argentina y la Tannat en Uruguay, han pasado de ser actrices de reparto en su país de origen a estrellas fulgurantes en el teatro vinícola sudamericano. También en el mundo del vino existen los cuentos de hadas.