Un agasajo con Federico Campbell

TIJUANA.- Para Federico Campbell Tijuana es leche  materna, piedra fundacional y cimiento de  su inspiración

Desde su hogar-biblioteca  en la colonia Condesa, Campbell siente  nostalgia por una Tijuana que ya no existe,  la Tijuana de los  años 40, la ciudad que vio  en su éxodo Fernando Jordán, la Tijuana de  los primeros aviones.

Al igual que Auster y Kafka, sus letras van en  busca del padre al que Federico encuentra al  descifrar la clave Morse.

Heredero literario de Sciascia, y devoto de  Conrad, Campbell ha sabido consumar el conflictivo  y a menudo engañoso matrimonio entre periodismo  y literatura.

Su nuevo amor se llama Berlín, una ciudad que  lo ha hechizado, aunque si hay algo que puede  emocionarlo es un típico mercado mexicano o la  simple contemplación de un árbol.

  Federico platicó con nosotros en una oscura  tarde en que la lluvia caía con furia sobre su casa de la  colonia Condesa entre un mar de libros.

Federico es un conversador disperso pero  sumamente ameno cuya charla salta del periodismo  a la literatura, el uso del lenguaje y el simple anecdotario

Escucharlo hablar de literatura y descubrir tantos  puntos de coincidencia es un agasajo. Siempre lo he  relacionado con la región italiana de Sicilia, SciasiaRulfo, pero me sorprende que coincidamos en el  gusto por Hanif Kureishi y Paul Auster

En su último libro Padre y Memoria, Campbell  diserta en torno a la relación paterna de célebres  autores y las obras inspiradas por la memoria o la  búsqueda del progenitor.

El recuerdo no poseído se fabrica; la memoria  traiciona, juega bromas pesadas y tuerce los  recuerdos; al final de cuentas, el escritor carece de  pruebas de laboratorio

Federico Campbell escribe lo que recuerda, pues  la memoria, atiborrada de equívocos, dicta párrafos  caprichosos vestidos con el traje de la verdad  aparente. 

Esta fue nuestra conversación aquella tarde de  lluvia intensa en la Condesa:

Federico ¿qué significa Tijuana para usted?

Para mí Tijuana es la madre, es la leche tibia, es  el hogar originario al que siempre estoy volviendo  porque como dice Franz Kafka, hay un pájaro que  vuela en busca de su jaula. Es un poco el regreso a  casa el tema que más me inquieta, porque desde los  clásicos el regreso a casa es un tema fundamental en  la literatura, desde la tragedia griega. 

Ulises volviendo a Ítaca.  Basta volver a casa para  volver a estar lleno de implicaciones autobiográficas,  emocionales, mentales. Por eso Tijuana es muy  entrañable y en mi vida de escritor, en el campo  de la recreación literaria Tijuana es significativa y se  vislumbra en mis libros.

¿Qué añora de Tijuana, qué extraña de Tijuana?

Paradójicamente lo que extraño de Tijuana es una  Tijuana que ya no existe. Es como una fotografía de  Tijuana de 1924, una Tijuana incipiente, una Tijuana  que empieza a nacer y es en gran parte la misma  Tijuana de los años 40 la que añoro, que es cuando  empiezo a estar en este mundo. Yo nací en 1941 y  crecí en una ciudad pequeña que no llegaba a los  50 mil habitantes y se vivía la tensión de la Segunda  Guerra Mundial, específicamente la del Pacífico y se  temía una agresión de los japoneses desde el mar. 

Eran años en que la gasolina y las llantas eran  escasas por la guerra.

¿Qué recuerdos tiene de aquellos años?

En la familia vivíamos no con recursos de sobra,  pero con la felicidad que trae la infancia. Mi papá  trabajaba en el telégrafo y construyó la casa con sus  propias manos. 

Mi mamá iba a la escuela a dar clases y  bueno, tengo la imagen de la calle Río Bravo, mis  compañeritos de escuela, Óscar Valenzuela, Ernesto  Valenzuela, mi tocayo Federico que era primo de los  Valenzuela. Mi madre abriendo una escuela particular  en la casa que a las 4:00 de la tarde se llenaba de niños  a los que mi madre les daba clases de matemáticas,  de geografía. 

Eran clases para niños que traían un retraso en  la escuela. Mi recuerdo es de un barrio con las calles  cerradas por las zanjas abiertas para ir abriendo  tubería. 

Teníamos en esa época la plaza de toros que  recibía a miles de visitantes norteamericanos.  Aún estaban las ruinas del Casino Agua Caliente  y nadábamos en la alberca todo el verano por 25  centavos de dólar.

Creo que es la subjetividad de la infancia. Mientras un  niño tiene afecto, tiene techo y tiene comida su infancia es  feliz y hasta una ciudad como Mexicali puede ser el paraíso.

¿Es esa la Tijuana que usted retrata en libros como  ‘Tijuanenses’ o ‘La Clave Morse’?

Bueno, no está retratada con exactitud, porque la  percepción que tiene el escritor es una percepción que  combina con la percepción del lector en donde se va  creando una Tijuana imaginaria. Cada lector se crea una  Tijuana diferente a partir de la lectura. Esta percepción de  Tijuana es muy espontánea, sin intenciones deliberadas.  Yo registré lo que sentía o lo que creo recordar que  sentía cuando yo tenía 14 años. Es una Tijuana que  habita en la memoria y terminada la secundaria me fui a  vivir a Hermosillo, en donde ya entré a un ambiente de  universidad, de inquietudes juveniles.

¿Cada cuándo visita Tijuana?

Cada año por lo menos una vez, pero a veces  dos, tres, cuatro veces en un año. No lo tengo nunca  planeado. A veces voy por una conferencia, para  participar en una feria del libro que me invitan. A veces  tengo algún compromiso con mis hermanas o mis  sobrinos, pero siempre soy materia dispuesta para ir a  Tijuana.

¿Cuando va a Tijuana qué le gusta hacer?

Me gusta conversar con mis hermanas y con uno de  mis sobrinos especialmente. Las cosas más cotidianas son  las que me atraen como ir a cenar una pizza en el Saverios o  ahora en el Caesars a probar la ensalada tan sabrosa. 

Tomo café con mis amigos y me interesa hablar con  periodistas de Tijuana, porque los periodistas son los que  tienen las antenas más despiertas y los que le toman el  pulso a la ciudad. Ellos van a escribiendo una suerte de  cardiograma de los tijuanenses y la ciudad, la ciudad como  un ser vivo.

¿Cómo concibe a Tijuana desde la distancia de 3 mil  kilómetros?

Yo no sé por qué, pero uno piensa en Tijuana en  femenino. Tijuana es ella, no es él. A lo mejor por la  abundancia o la presencia de dos A en su nombre, y  asociamos la A con lo femenino y la O con el masculino.  Para mí Tijuana es la madre, es el punto de partida y ahí  empezó la película y lo más importante e interesante de  la película, se vivió en los primeros 10 años de mi vida.  Después de los 10 años, ya no le suceden a uno cosas más  interesantes que las que le sucedieron en la infancia. Así lo  dice García Márquez. Después de los 10 años ya no le pasan  a uno cosas tan interesantes. Supongo que ese es el efecto  que tiene para cualquier persona su ciudad natal. Es donde  se aprende a reconocer y querer el mundo.

México tiene ‘La  Región Más Transparente’ de Fuentes,  Buenos Aires ‘Sobre Héroes y Tumbas’ de Sábato, París  toda ‘La Comedia Humana’ de Balzac ¿Cuál es la gran  novela de Tijuana? ¿O cree que la está esperando todavía?

Creo que todavía no se escribe. Es como el Manhattan  Transfer de Dos Passos que habla de Nueva York. Creo  que narradores como Luis Humberto Crosthwaite han  empezado a dar una presencia de la ciudad en sus letras y  han conseguido un lugar para Tijuana en el catálogo de la  narrativa mexicana.

Podría ser también el caso del poeta Francisco Morales  o un ensayista como Humberto Félix Berumen o la obra  ensayística que con gran talento impulsa Heriberto Yépez,  pero creo que todavía no se ha dado la gran novela de  Tijuana. 

Entiendo que de manera metafórica se diga que una  ciudad es el personaje, pero los personajes de la novela son  seres humanos con vida propia, únicos, no son tipos, sino  personas irrepetibles y únicas. 

Pero coincido en que todavía no nace la gran novela  tijuanense. Ya sucederá en el futuro inmediato pues hay  una nueva generación de escritores muy inquietos.